Las calles son estrechas, las cuestas son empinadas y a menudo te ves obligado a reducir la velocidad porque hay gente cruzando o caminando cerca de la carretera.
A la vuelta de cada esquina hay algo bonito que ver, ¡aunque el conductor tiene poco tiempo para admirarlo!
Y luego llega el siguiente reto: encontrar un sitio donde aparcar.
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Después de abrirnos paso por las concurridas calles, aún tuvimos que buscar una plaza antes de poder salir del coche y disfrutar de la ciudad.
Sin duda, eso nos hizo apreciar aún más nuestro paseo por Lisboa.

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