Los seguidores de Jesús estaban reunidos cuando experimentaron la presencia de Dios de una manera poderosa. Hechos 2 nos dice: "Todos quedaron llenos del Espíritu Santo" (Hechos 2:4). Comenzaron a hablar en otras lenguas que nunca antes habían hablado, y los visitantes de muchas naciones que estaban en Jerusalén oyeron "las maravillas de Dios declaradas en (sus) propias lenguas" (Hechos 2:11).
La gente estaba asombrada y curiosa por lo que estaba ocurriendo. Este fue el escenario del primer sermón de Pedro, en el que proclamó la buena nueva de Jesucristo. Aquel día se bautizaron unas 3.000 personas, y la Iglesia empezó a crecer interiormente en la fe y exteriormente por todo el mundo.
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Lo que ocurrió en Pentecostés recuerda a los cristianos que la Iglesia nunca estuvo destinada a permanecer oculta tras puertas cerradas. El Espíritu de Dios fue dado para que la gente corriente compartiera el amor, la esperanza y el perdón que se encuentran en Jesucristo. Hoy celebramos Pentecostés no sólo para recordar lo que ocurrió hace mucho tiempo, sino también para recordar que Dios sigue actuando hoy a través de personas como tú y como yo, dándonos el poder de compartir la buena nueva de Cristo por todo el mundo.






