Los inversores internacionales identifican oportunidades. Las empresas tecnológicas se establecen en el país. Las universidades extranjeras buscan colaboraciones. En diferentes regiones del país están empezando a surgir proyectos relacionados con la energía, los centros de datos, la inteligencia artificial y la innovación. Sin embargo, a nivel interno, a menudo nos vemos atrapados en debates que parecen pertenecer a otra época.

El mundo está cambiando a una velocidad asombrosa. La inteligencia artificial está transformando sectores enteros de la economía. La energía se ha convertido en un activo estratégico. El talento es ahora uno de los recursos más codiciados del planeta. Los países compiten por la inversión, el conocimiento, la innovación y la productividad. Y, por primera vez en muchas décadas, Portugal se encuentra relativamente bien posicionado para beneficiarse de varias de estas transformaciones al mismo tiempo.

Contamos con una capacidad de producción de energías renovables en crecimiento. Gozamos de una ubicación geográfica privilegiada. Contamos con universidades que forman a profesionales reconocidos internacionalmente. Disfrutamos de calidad de vida, estabilidad política y seguridad. Somos capaces de atraer a profesionales cualificados, empresas globales y proyectos tecnológicos a gran escala.

Pero hay un problema.

Mientras el mundo debate cómo crear riqueza a través de la innovación, la tecnología y la productividad, Portugal sigue centrándose con demasiada frecuencia en debates que contribuyen poco a acelerar el crecimiento económico. Seguimos atrapados en una burocracia excesiva, procesos administrativos lentos, conflictos ideológicos constantes y una cultura de toma de decisiones que rara vez sigue el ritmo de la inversión global.

No se trata de ignorar los derechos de los trabajadores, la importancia de la protección social o el papel del Estado. Se trata de reconocer que la economía del siglo XXI exige respuestas diferentes a las que servían a una sociedad mucho más cerrada y menos competitiva hace cincuenta años.

Cuando una inversión tarda años en obtener las autorizaciones necesarias. Cuando los proyectos estratégicos se ven bloqueados por sucesivas interpretaciones administrativas. Cuando la creación de riqueza se suele ver con recelo, en lugar de como una condición para financiar mejores servicios públicos, es evidente que algo no encaja con lo que el mundo exige.

La realidad es sencilla. Los países que liderarán las próximas décadas serán aquellos que puedan atraer talento, acelerar la innovación, garantizar una energía competitiva y crear las condiciones para el crecimiento empresarial. No serán necesariamente los más grandes. Ni siquiera los más ricos. Serán los más ágiles.

Portugal tiene hoy una oportunidad única. Las tendencias globales favorecen por fin algunas de sus mayores ventajas competitivas. El Atlántico ha recuperado su relevancia estratégica. Las energías renovables se han convertido en un factor económico. La calidad de vida ha empezado a influir en las decisiones empresariales. La tecnología permite crear valor lejos de los grandes centros financieros tradicionales.

Pero ninguna de estas ventajas está garantizada.

El verdadero riesgo para Portugal ya no es la falta de recursos, ni la falta de talento, ni siquiera la falta de inversión. El verdadero riesgo es seguir respondiendo a los retos del presente con modelos de pensamiento concebidos para responder a los problemas del pasado. Porque mientras discutimos sin cesar sobre lo que nos divide, otros países se centran en lo que les hará crecer.

Portugal puede beneficiarse de las principales tendencias globales del siglo XXI. La cuestión es si tendrá el valor de abandonar algunos de los hábitos, bloqueos y debates que aún lo mantienen demasiado anclado en el siglo XX.