El informe, titulado «Impulsar la competitividad: dónde se invierte y por qué», sostiene que la inversión productiva se ha convertido en uno de los indicadores clave de la competitividad económica, ya que las empresas eligen cada vez más su ubicación en función de los costes operativos, la productividad y la rapidez con la que se pueden llevar a cabo los proyectos, en lugar de basarse en los centros industriales tradicionales o en las ventajas geográficas.
Inversión productiva neta
En este contexto, la Península Ibérica ha cobrado protagonismo por su abundante oferta de energía renovable a bajo coste, lo que la hace especialmente atractiva para las industrias manufactureras con un elevado consumo de electricidad.
Según el informe, Portugal representa uno de los casos más destacados de recuperación de la inversión en Europa tras la crisis de la deuda soberana de la zona del euro. En 2024, la inversión productiva neta del país alcanzó el 4,6 % del producto interior bruto (PIB), mientras que España registró una tasa superior al 2 % del PIB.
Sin embargo, la tasa de inversión equivalente de Alemania se situó en torno al 0,2 % del PIB durante el mismo periodo, lo que pone de relieve la creciente brecha entre la potencia industrial tradicional de Europa y los destinos de inversión emergentes.
Estos resultados sugieren que varios proyectos industriales con un alto consumo energético ya se están reorientando hacia la Península Ibérica y los países nórdicos, lo que refleja un cambio en la geografía industrial de la UE, ya que los fabricantes buscan regiones que ofrezcan costes energéticos más competitivos.
Además, el MGI advierte de que Europa se enfrenta a un déficit estructural de inversión anual de aproximadamente 800 000 millones de euros, una brecha que amenaza las perspectivas de crecimiento a largo plazo y la competitividad internacional del continente.
Competitividad en materia de costes
El informe también identifica una divergencia creciente entre las principales economías mundiales.
Mientras Europa sigue luchando contra la insuficiencia de la inversión productiva, Estados Unidos está ampliando su capacidad manufacturera nacional para reducir la dependencia de las cadenas de suministro extranjeras, mientras que China aumenta su capacidad a un ritmo aproximadamente tres veces superior al de Estados Unidos y la UE juntos.
Sin embargo, la competitividad en materia de costes sigue siendo otro reto importante. Según el análisis, fabricar en Europa o en Estados Unidos cuesta, de media, al menos un 50 % más que en las economías que actualmente atraen la mayor parte de la inversión mundial.
Esta disparidad es aún mayor en investigación y desarrollo, donde los costes pueden ser hasta un 300 % más elevados debido a unos trámites administrativos más largos y a unos plazos más lentos para lanzar nuevos productos al mercado.
Entre los principales factores que merman la competitividad de Europa, el instituto destaca los elevados costes de la energía y las materias primas, junto con las diferencias sustanciales en los programas de apoyo a la inversión pública, que pueden variar hasta ocho veces de una región a otra.
El MGI recomienda una combinación de medidas, entre las que se incluyen una mayor automatización y una adopción más amplia de la inteligencia artificial, la simplificación de los procedimientos normativos y administrativos, un mejor acceso a energía limpia y asequible, ciclos de desarrollo de productos más rápidos, una mayor inversión en innovación y una mayor especialización en sectores estratégicos como los semiconductores, la biotecnología y las infraestructuras de inteligencia artificial, con el fin de reducir la brecha de competitividad.
Este informe concluye que unas mejoras de productividad de alrededor del 30 %, junto con unos menores costes de equipamiento, energía y materiales y una ejecución más rápida de los proyectos, podrían reducir la actual desventaja de costes de Europa entre un 30 % y un 80 %, lo que reforzaría significativamente la posición de la región en la inversión industrial mundial.









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