Construida durante los siglos VIII y IX por colonos norteafricanos, la fortaleza ocupaba una posición estratégica que le permitía controlar las fértiles tierras y las rutas marítimas vitales que conducían a Lisboa. Sirvió como bastión defensivo fundamental a lo largo de toda la época islámica, protegiendo a la población local gracias a una sofisticada red de torres de vigilancia tan bien situadas que resultaba muy difícil penetrar en ella.
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Tras la conquista cristiana de 1147, la estructura, tomada por el rey Afonso Henriques, fue reforzada considerablemente para proteger la recién establecida frontera cristiana, albergando una pequeña guarnición que actuaba como los ojos y los oídos del reino frente a los ataques. A lo largo de los siglos, el castillo soportó numerosos asedios, el abandono real y las devastadoras sacudidas del terremoto de 1755, que destrozó gran parte de su mampostería medieval.
A diferencia de los opulentos palacios que surgieron más tarde en la frondosa ciudad que se extiende a sus pies, el Castillo de los Moros conserva un aura de austeridad y poder defensivo. Las murallas de piedra que aún se conservan, extendidas por las cimas de las montañas, ofrecen unas vistas panorámicas impresionantes que en su día servían para alertar del peligro inminente. Encontrarse hoy entre estas torres marcadas por las batallas es recordar la cruda y cambiante historia de aquellos tiempos. Unos tiempos en los que estos castillos y fortalezas tienen un valor mucho mayor que el de simples miradores o hitos culturales.


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