Desde su más tierna infancia, Pedro destacó por su excepcional compasión y caridad hacia los demás.

Pedro perdió a sus padres muy joven y heredó una gran fortuna. Ya de niño lloraba al ver a los pobres o a los que sufrían y sólo podía consolarse dándoles limosna. Cuando creció, repartió su herencia entre los pobres, demostrando un temprano desapego por los bienes mundanos y un profundo compromiso con la caridad cristiana.

Pedro marchó de Francia a Barcelona, España, donde más tarde se dedicaría a las obras de misericordia. Este traslado preparó el terreno para su misión de toda la vida: rescatar a los cristianos cautivos de los moros.

Estas experiencias tempranas -la pérdida de su familia, la exposición al sufrimiento y los actos de caridad- forjaron el carácter y la perspectiva espiritual de Pedro. Los relatos de su infancia no sólo reflejan virtudes personales, sino que también prefiguran la fundación de la Orden Mercedaria, dedicada al rescate de cautivos.