El desarrollo del robot submarino PETRA por parte de INESC TEC es uno de ellos. Sin embargo, cuanto más pienso en esta tecnología, más me convenzo de que representa algo mucho mayor que un avance científico. Representa una oportunidad para que Portugal ocupe un espacio estratégico en una economía que está naciendo bajo el agua.
Inmediatamente recordé una conversación que tuve a principios de este año durante el SIS2026, en Cascais. En aquel momento, se habló de un problema que raramente llega al debate público. Portugal tiene una posición geográfica privilegiada en el Atlántico, recibe cada vez más inversiones en infraestructuras digitales, centros de datos y conectividad internacional, pero sigue careciendo de una capacidad robusta para vigilar e intervenir rápidamente en los cables submarinos y otras infraestructuras críticas situadas en el lecho marino.
El tema cobra aún más relevancia cuando nos damos cuenta de que la economía digital depende mucho menos de lo que vemos y mucho más de lo que no vemos. Cuando hablamos de nube, inteligencia artificial, centros de datos, transacciones financieras o comunicaciones globales, en realidad estamos hablando de infraestructuras físicas repartidas por el océano. Los cables submarinos son ahora tan importantes para la economía mundial como las autopistas, los aeropuertos o las redes eléctricas. Sin ellos, gran parte del mundo moderno simplemente se detiene.
La pregunta que me hago es sencilla: ¿la industria de datos, los operadores de telecomunicaciones y los grandes inversores en infraestructuras digitales ya están estudiando esto? Porque deberían hacerlo. El mundo está cada vez más preocupado por la seguridad de las infraestructuras críticas. Los incidentes de los últimos años en varias regiones han demostrado que los cables submarinos ya no son sólo una cuestión técnica, sino estratégica, económica e incluso geopolítica.
Portugal se posiciona como puerta atlántica de la nueva economía digital. Se habla de centros de datos, de inteligencia artificial, de nuevos corredores de datos y de grandes inversiones internacionales. Todo esto es positivo. Pero construir es sólo la mitad del trabajo. Proteger y vigilar será cada vez más importante. Y quizá sea precisamente aquí donde surge una oportunidad inesperada para el país.
Durante décadas vimos el mar como un espacio ligado al turismo, la pesca o los puertos. El siglo XXI está cambiando esa realidad. El mar se ha convertido en una plataforma tecnológica. Por él circulan datos, energía e infraestructuras críticas que sostienen la economía mundial. En un país que cuenta con una de las mayores zonas marítimas de Europa, quizá haya llegado el momento de pensar en el océano no sólo como una frontera geográfica, sino como un activo tecnológico y estratégico.
PETRA puede ser sólo un robot en desarrollo. Pero también puede ser una señal de algo más grande. Una señal de que Portugal tiene capacidad para crear tecnología relevante a escala internacional y de que la economía del futuro puede pasar tanto por los laboratorios nacionales como por el fondo atlántico. En un momento en que el país busca afirmarse en la nueva economía digital, tal vez sea importante darse cuenta de que la ventaja competitiva no estará sólo en los datos que circulen por los cables, sino también en la capacidad de proteger, vigilar y gestionar las infraestructuras que los hacen posibles.






Follow us on social media