Nunca he olvidado aquellas conversaciones. No porque me hicieran dudar de la decisión, sino porque reflejaban la imagen que muchos europeos tenían de Portugal en aquella época.

Más de veinte años después, ver cómo una empresa portuguesa como TEKEVER se instala en Múnich, precisamente en uno de los grandes centros industriales y tecnológicos de Alemania, tiene para mí un significado que va mucho más allá de las noticias empresariales.

Empecé a escribir sobre TEKEVER en 2022, cuando la empresa ya demostraba una notable capacidad tecnológica, pero aún estaba lejos de la dimensión internacional que conocemos hoy en día. Seguir su trayectoria desde entonces ha sido una confirmación de algo en lo que siempre he creído: Portugal tiene talento, conocimientos y emprendedores capaces de competir con los mejores del mundo.

La expansión a Alemania supone un paso más en ese recorrido. TEKEVER está consolidando una presencia duradera en uno de los mercados más exigentes de Europa, llevando la tecnología desarrollada por una empresa portuguesa a un país que, durante décadas, se consideró una referencia prácticamente inalcanzable en ingeniería, industria e innovación. Y es precisamente este cambio de perspectiva lo que considero tan importante.

Durante muchos años nos hemos acostumbrado a pensar en la internacionalización principalmente como la llegada de grandes empresas extranjeras a Portugal. Inversión extranjera, fábricas, centros de servicios y creación de empleo. Todo esto sigue siendo esencial, pero hay otra dimensión de la economía que debemos valorar: las empresas portuguesas que desarrollan su propia tecnología, conquistan clientes internacionales y comienzan a invertir y a establecer operaciones en otros países.

TEKEVER es hoy un ejemplo de esta ambición. Su crecimiento es fruto de la ingeniería, la investigación, la inteligencia artificial, los sistemas autónomos y la capacidad de transformar el conocimiento en soluciones con demanda internacional. No compite por ser más barata. Compite por la tecnología que desarrolla y el valor que puede crear.

Por supuesto, una empresa no transforma una economía por sí sola. Pero puede demostrar lo que es posible e inspirar a otros a seguir el mismo camino. Portugal necesita más empresas de este calibre, más inversión en innovación y mejores condiciones para transformar el conocimiento en negocio global.

También debemos comprender que la internacionalización de estas empresas no debe suponer la pérdida de su vínculo con Portugal. Al contrario: cuanto mayor sea la presencia internacional, mayor será la capacidad de crear empleo cualificado, atraer talento y desarrollar nuevas competencias en nuestro país.

Hoy, cuando echo la vista atrás al recorrido de TEKEVER, recuerdo inevitablemente las preguntas que escuché en 2004. No porque Portugal haya resuelto todos sus problemas ni porque ya estemos al nivel de las economías europeas más desarrolladas. Todavía nos queda un largo camino por recorrer, especialmente en términos de productividad, tamaño de las empresas y capacidad para transformar el conocimiento en riqueza. Pero algo ha cambiado profundamente. Portugal ya no es solo un país que busca atraer empresas de otros. Es también un país capaz de crear empresas que otros quieren acoger.

Y para alguien que nació en Alemania, eligió vivir en Portugal y siempre ha creído en el potencial de los emprendedores portugueses, ver a TEKEVER llegar a Múnich es motivo de un orgullo muy especial. No solo por el éxito de una empresa, sino por la imagen de Portugal que esto ayuda a mostrar al mundo. Porque la verdadera señal de progreso será el día en que historias como la de TEKEVER dejen de considerarse excepcionales y pasen a formar parte de la normalidad de nuestra economía.

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