Cada vez que aparecían estadísticas sobre nuevas empresas o nuevos emprendedores, las interpretábamos como un signo de dinamismo económico. Pero, ¿significa la creación de más empresas, por sí misma, una economía más fuerte?

El último estudio del Fondo Monetario Internacional transmite un mensaje que merece ser analizado. Portugal no solo adolece de un problema de productividad. También sufre una dificultad persistente a la hora de transformar las pequeñas empresas en empresas de alto crecimiento. Las denominadas «gacelas», empresas jóvenes capaces de crecer rápidamente, siguen representando un porcentaje muy reducido del tejido empresarial portugués, muy por debajo de la media europea.

Esta realidad ayuda a explicar por qué seguimos hablando tanto de innovación y espíritu emprendedor, pero vemos que son relativamente pocas las empresas portuguesas que alcanzan una dimensión internacional.

El problema no radica en la capacidad de emprender. Esa sí que existe. Portugal cuenta con universidades que forman talento, centros de investigación reconocidos, incubadoras, aceleradoras, inversores privados y una nueva generación de emprendedores mucho mejor preparados que hace dos décadas. El problema surge cuando estas empresas quieren crecer.

Es precisamente en esta etapa cuando surgen los mayores obstáculos: trámites administrativos que consumen mucho tiempo, normativas complejas, dificultad para atraer financiación en las fases de expansión, escasez de capital riesgo, una carga burocrática creciente y una cultura administrativa que, con demasiada frecuencia, está diseñada para controlar en lugar de facilitar. Crecer en Portugal sigue exigiendo una enorme capacidad de resistencia.

Y quizá aquí radique una de las mayores diferencias entre Portugal y muchas economías más competitivas. En estos países, las políticas públicas buscan acelerar el crecimiento de las empresas. En nuestro país, suele haber una tendencia a tratar a todos por igual, independientemente de su potencial de innovación, exportación o creación de empleo cualificado.

La responsabilidad no recae únicamente en un gobierno o en un partido. Es un problema que trasciende las legislaturas. Durante demasiados años, el Gobierno y la oposición han centrado gran parte del debate político en la gestión de lo inmediato, dejando en un segundo plano las reformas estructurales que podrían transformar el tejido empresarial portugués. La simplificación administrativa, una justicia económica más ágil, la estabilidad fiscal, el acceso al capital y una estrategia coherente de innovación suelen quedar supeditados al calendario político. Sin embargo, el mundo no espera.

Los países con los que competimos están invirtiendo masivamente en la creación de empresas tecnológicas, industria avanzada, inteligencia artificial, biotecnología y economía del conocimiento. No solo compiten por crear más empresas, sino por crear empresas capaces de liderar los mercados internacionales.

Portugal también cuenta con ejemplos inspiradores. Las empresas que nacieron pequeñas y hoy exportan tecnología, desarrollan soluciones innovadoras y compiten a nivel mundial demuestran que el talento existe. Lo que falta es crear un entorno en el que estos casos dejen de ser excepciones y pasen a formar parte de la normalidad.

En lugar de celebrar el número de empresas que se crean cada año, quizá deberíamos empezar a preguntarnos cuántas logran duplicar su tamaño, invertir en investigación, conquistar nuevos mercados o crear empleo altamente cualificado.

Porque una economía moderna no crece solo gracias al espíritu emprendedor. Crece cuando consigue transformar buenas ideas en grandes empresas. Y Portugal no solo necesita más startups. Sobre todo, necesita más «gacelas» y mucha menos burocracia.