La competitividad se mide por la capacidad de ofrecer mejores productos, precios más atractivos o una mayor eficiencia. El talento era importante, pero, por lo general, se consideraba un recurso disponible en el mercado laboral. Hoy en día, esta realidad ha cambiado: cada vez más organizaciones se dan cuenta de que el mayor obstáculo para el crecimiento no es la falta de demanda, sino la dificultad para encontrar profesionales cualificados.

En un número cada vez mayor de sectores, el recurso más escaso ya no es el capital ni la tecnología. Ahora es el talento. Esta tendencia queda confirmada por el último estudio de PwC sobre las expectativas de los directivos para 2026: aunque la mayoría de las empresas prevén un crecimiento y mantienen sus planes de inversión, la disponibilidad de talento sigue figurando entre las principales preocupaciones de los líderes empresariales, junto con la transformación tecnológica, la competitividad y la inestabilidad internacional.

La economía ha cambiado profundamente en las últimas dos décadas. En muchos sectores, la ventaja competitiva ya no depende únicamente de los activos físicos o de la capacidad productiva, sino, sobre todo, del conocimiento, la innovación y la rapidez con la que las empresas pueden adaptarse. Al mismo tiempo, el mercado laboral se ha globalizado: un ingeniero de Lisboa puede ahora trabajar a distancia para una empresa de Londres o Nueva York, y una empresa portuguesa ya no compite únicamente con otras empresas nacionales a la hora de buscar expertos en tecnología, ingeniería o ciencia de datos.

La inteligencia artificial ha acelerado esta transformación. Aunque permite automatizar muchas tareas, también está aumentando la demanda de profesionales capaces de integrar la tecnología, interpretar la información y liderar procesos de cambio. Las habilidades humanas cobran mayor valor precisamente porque las tareas rutinarias las realizan ahora sistemas inteligentes.

Esta realidad también nos obliga a replantearnos la gestión de personas. Ya no basta con contratar cuando surgen necesidades: las empresas más competitivas son aquellas que son capaces de desarrollar el talento internamente, invertir en formación continua, crear trayectorias profesionales atractivas y construir culturas organizativas capaces de retener a los profesionales cualificados.

Portugal se enfrenta a retos particulares. El envejecimiento de la población, la reducción de la población activa y la marcha de muchos jóvenes cualificados hacen que la competencia por el talento sea aún más exigente. Al mismo tiempo, el país sigue atrayendo inversión tecnológica y empresas internacionales, lo que aumenta la demanda de perfiles altamente especializados. La respuesta no consiste simplemente en contratar a más personas; implica mejorar las cualificaciones, retener el talento, reforzar el vínculo entre las empresas y el sistema educativo y crear las condiciones necesarias para atraer a profesionales internacionales.

Durante mucho tiempo se dijo que las empresas competían por los clientes. Siguen compitiendo. Pero, antes de eso, deben ganarse a quienes harán posible ese crecimiento. En la economía del conocimiento, el talento ya no es solo un factor de producción. Se ha convertido en el principal activo estratégico de las organizaciones. Y será, cada vez más, esta capacidad para atraer, desarrollar y retener a las personas lo que distinguirá a las empresas líderes del resto.