El Informe sobre la inversión mundial 2026 de la UNCTAD nos recuerda que la inversión extranjera directa representa mucho más que capital: aporta tecnología, competencias, acceso a nuevos mercados e integración en las cadenas de valor mundiales. En muchos casos, su mayor contribución no es financiera, sino más bien la capacidad de difundir conocimientos por toda la economía que la recibe.

Este cambio merece una mayor atención. La economía mundial se concentra cada vez más en sectores intensivos en conocimiento, como la inteligencia artificial, los semiconductores, las infraestructuras digitales o las energías limpias. En estos sectores, el principal factor competitivo ya no es el tamaño de las instalaciones industriales, sino la calidad de las personas y de las redes de investigación e innovación que las respaldan.

Cuando una multinacional establece un centro de ingeniería, un laboratorio de investigación o una unidad tecnológica, no se limita a transferir capital. Introduce nuevos procesos, nuevas metodologías de gestión, nuevas competencias técnicas y nuevas conexiones internacionales. Los trabajadores aprenden, los proveedores evolucionan, las universidades establecen nuevas colaboraciones y parte de este conocimiento acaba extendiéndose al resto del tejido económico. Es este efecto multiplicador el que distingue la inversión transformadora de la mera inversión financiera.

Portugal ya cuenta con ejemplos positivos de esta dinámica. El crecimiento de los centros tecnológicos internacionales ha permitido el desarrollo de competencias altamente especializadas que hoy alimentan nuevas empresas, startups y proyectos nacionales de innovación.

Por lo tanto, quizá sea el momento de cambiar la forma en que evaluamos el éxito de las políticas de captación de inversiones. Más importante que saber cuántos millones entran en el país es comprender qué capacidades se crean una vez realizada la inversión: cuántos proveedores nacionales se han integrado en las cadenas globales, cuántos profesionales han adquirido nuevas competencias y cuántas empresas portuguesas han logrado innovar gracias a la proximidad de multinacionales internacionales.

Son estas respuestas las que determinan el verdadero impacto económico a largo plazo. Por supuesto, no todas las inversiones producen este efecto: cuanto mayor sea la intensidad tecnológica y mayor la conexión con el sistema científico y empresarial nacional, mayor será la probabilidad de generar conocimiento duradero.

En una economía global en la que el conocimiento es el principal factor de competitividad, esta puede ser la medida más importante de todas. Porque el capital puede trasladarse a otro país, pero el conocimiento, cuando se incorpora verdaderamente a las personas y a las empresas, permanece.