Vivimos en una época en la que estamos constantemente conectados con todo y con todos, aunque no siempre de forma significativa. Estamos a un clic de compartir opiniones, juzgar a desconocidos o publicar comentarios negativos sobre cosas que apenas entendemos. Al mismo tiempo, parece que estamos perdiendo la capacidad de mirar a nuestro alrededor y darnos cuenta de que vivir en sociedad requiere empatía, responsabilidad y ciudadanía activa.

Durante las vacaciones, cuando las rutinas diarias se ralentizan, hay tiempo para reflexionar. Y es en estas pausas cuando se pone de manifiesto con qué frecuencia hablamos de derechos pero no de deberes. Cómo celebramos la libertad individual pero rara vez mencionamos la responsabilidad que exige. Y cómo, cuando nos enfrentamos a retos como la contaminación, los incendios forestales o la falta de comportamiento cívico, con demasiada frecuencia esperamos que "otro" resuelva el problema.

Intuitivamente, todos sabemos que la responsabilidad compartida y la ciudadanía activa son fundamentales para la sociedad. La empatía nos permite comprender a los demás, pero la responsabilidad común nos recuerda que formamos parte de algo más grande. Cada pequeño gesto tiene un impacto colectivo. Para un directivo, responsabilidad significa algo más que resultados financieros: significa tener en cuenta los efectos de las decisiones sobre los equipos, el medio ambiente y la comunidad. Para los profesores, significa educar tanto a los ciudadanos como a los alumnos. Para los padres, significa predicar con el ejemplo, mostrando a los niños que la ciudadanía consiste en cuidar los espacios públicos, respetar a los demás y contribuir al bien común.

La ciudadanía no consiste sólo en disfrutar de derechos, sino también en cumplir deberes. Se trata de seguir las normas que garantizan el equilibrio y la justicia. Es reconocer que las acciones individuales repercuten en la vida de todos. Y esto queda claro en los ejemplos cotidianos.

Tirar una colilla en la playa, arrojar basura por la ventanilla de un coche y abandonar botellas de vidrio en un bosque seco. Pequeños gestos con graves consecuencias. Contaminan el mar, destruyen paisajes, alimentan incendios y ponen vidas en peligro, obligando a los bomberos -que también son padres, madres, hijos e hijas- a enfrentarse a llamas que nunca deberían haberse iniciado.

Aquí es donde la empatía debe convertirse en responsabilidad. Todos sabemos que respetar los espacios compartidos es importante. Pero, ¿hasta cuándo vamos a fingir que es un problema de otros? ¿Hasta cuándo permitiremos que la falta de civismo destruya el patrimonio común que es Portugal? La tierra, el mar, los bosques y las ciudades nos pertenecen a todos, vivamos aquí todos los días o volvamos sólo durante las vacaciones de verano. Es nuestro patrimonio común y debe ser protegido para las generaciones futuras.

La responsabilidad compartida no es una idea abstracta. Se trata de no tirar basura al suelo, utilizar ceniceros, cuidar los espacios públicos y enseñar a los niños que lo público es de todos. La negligencia de uno puede costar la vida a muchos. Una sola botella de vidrio abandonada al sol puede incendiar hectáreas de bosque. Una sola colilla al viento puede destruir hogares y recuerdos.

Lo peor es que la tecnología, que podría unirnos, a menudo tiene el efecto contrario. Nos conecta con juicios rápidos, desplazamientos interminables e intercambios superficiales, pero nos aleja de lo esencial: cuidarnos los unos a los otros, cuidar nuestros espacios comunes y sentirnos responsables de la comunidad a la que pertenecemos. Hablamos mucho de empatía, pero rara vez la traducimos en responsabilidad concreta.

Ha llegado el momento de cambiar esto. La empatía es el principio, pero sólo la responsabilidad individual puede crear una transformación colectiva. Proteger a Portugal es protegernos a nosotros mismos. Y para ello no hacen falta actos heroicos. Empieza con pequeñas elecciones conscientes: reciclar, respetar los espacios compartidos, cumplir las normas y prestar atención a quienes nos rodean. Cada gesto es importante porque, juntos, conforman una sociedad más justa, solidaria y sostenible.

Portugal tiene un patrimonio único: de sus playas a sus bosques, de las aldeas a las ciudades. Pero más que un territorio, es una comunidad. La ciudadanía es la fuerza que mantiene viva la comunidad. Si queremos un país en el que merezca la pena vivir y que merezca la pena transmitir, debemos pasar de la empatía a la responsabilidad. Sólo así preservaremos lo más valioso: nuestra casa común.