Muchos de nosotros hemos sido educados para equiparar el servicio con el sacrificio, para creer que dar hasta quedarnos vacíos es de alguna manera digno de elogio. Pero, en realidad, cuando estamos agotados, no estamos sirviendo a nadie, y mucho menos a nosotros mismos. La verdad simple y radical es ésta: cuando nos servimos primero a nosotros mismos, servimos mejor a los demás.

Esto no es egoísmo; es mirar por nosotros mismos. Es comprender que somos la jarra/taza a través de la cual fluyen el amor, el cuidado y la compasión. Y si la vasija está agrietada, descuidada o seca, todo lo que salga de ella arrastrará también esa energía.

Durante generaciones, las personas, especialmente las mujeres, han estado condicionadas a poner las necesidades de los demás en primer lugar. Nos ocupamos de la pareja, de los hijos, de los compañeros de trabajo, de los clientes, de los padres, de los amigos... y sólo después de que todos los demás estén satisfechos, podemos ofrecernos a nosotros mismos las sobras de tiempo y energía. Pero piénsalo: ¿esperarías que tu teléfono siguiera funcionando si no lo cargaras nunca? ¿Conducirías tu coche sin parar sin repostar? Sin embargo, de alguna manera, esperamos seguir dando sin reponer lo gastado.

Créditos: Unsplash; Autor: aleksandr-ledogorov;

Servirnos primero a nosotros mismos no significa dar la espalda a los demás. Significa reconocer que nuestra energía y nuestra presencia son recursos finitos, y cuidarlos garantiza que lo que ofrecemos es auténtico y sostenible. Cuando estás descansado, nutrido y conectado contigo mismo, tu presencia se convierte en un bálsamo. Escuchas mejor. Respondes en lugar de reaccionar. Puedes actuar desde la compasión y no desde el resentimiento.

El respeto por uno mismo marca la pauta de todas las relaciones de nuestra vida. Cuando nos respetamos a nosotros mismos poniendo límites, diciendo la verdad, respetando el descanso y diciendo no cuando queremos decir no, enseñamos a los demás cómo tratarnos. La gente aprende a relacionarse con nosotros a través de nuestro comportamiento. Si nos excedemos continuamente, la gente asumirá que nos sentimos cómodos haciéndolo. Si minimizamos nuestras necesidades, los demás interpretarán nuestro silencio como un consentimiento. Pero cuando honramos nuestro propio valor, los demás empiezan a reflejarnos ese respeto.

Modelar no consiste en exigir o controlar a los demás, sino en encarnar la norma por la que queremos vivir. Y esa personificación tiene un efecto dominó. Cuando alguien te ve hacer una pausa antes de decir que sí, o dar prioridad a tu bienestar sin sentirte culpable, silenciosamente le das permiso para hacer lo mismo. De este modo, servirte primero a ti mismo se convierte en un acto silencioso de liderazgo. Transforma el entorno que te rodea, no por la fuerza, sino con el ejemplo.

Cuando llenamos primero nuestra propia copa -descansando, alimentándonos, reflexionando, conectándonos, moviéndonos o siendo creativos-, estamos creando una reserva de fuerza interior. Desde esa plenitud, los retos de la vida son más manejables. Cuando estás agotado, el obstáculo más pequeño puede parecerte una montaña. Una palabra dura puede hacerte caer en espiral. Un revés puede parecer un fracaso. Pero cuando tienes recursos -emocionales, físicos y espirituales- puedes afrontar esos mismos retos con firmeza. Los desencadenantes siguen apareciendo, pero ya no te controlan. Tienes la capacidad de hacer una pausa, respirar y elegir tu respuesta. En lugar de derrumbarte, puedes acceder a las herramientas emocionales y somáticas que has aprendido.

Créditos: Unsplash; Autor: levi-xu;

Esto no significa que la vida se vuelva de repente fácil o sin dolor. Significa que tu centro se vuelve más sólido. Empiezas a confiar en ti mismo, a saber que, venga lo que venga, tienes la capacidad de sostenerlo. Servirte primero a ti mismo te permite pasar de sobrevivir a prosperar. Cuando estás constantemente agotado, tu servicio está impulsado por la obligación o la culpa. Es reactivo y disperso. Pero cuando estás lleno, tu servicio fluye naturalmente desde el amor. Puedes dar sin resentimiento. Puedes escuchar sin ponerte a la defensiva. Puedes apoyar a los demás sin perderte en sus historias.

Esta plenitud no es arrogancia, es alineación. Es saber que tu bienestar apoya el bienestar de todos los que te rodean. Cuando cuidas de ti mismo, te muestras como tu mejor yo: más claro, más tranquilo, más creativo, más compasivo. Aportas luz a tu trabajo, a tu casa, a tu comunidad. Y esa luz también eleva a los demás.

Así que quizá sea hora de reescribir la narrativa, quizá necesitemos decirnos a nosotros mismos: "¿Qué necesito para poder servir con el corazón abierto?". El mundo no necesita más ayudantes exhaustos y abnegados. Necesita seres humanos íntegros, cimentados y radiantes que comprendan que el verdadero servicio empieza en el interior.

www.heaven2heart.com