Los bloques de noticias que aparecen cada día son tan desconcertantes que siento nostalgia de otros tiempos, cuando, a pesar de todo, sabíamos en qué lado del mundo estábamos y quién estaba al otro lado del muro. Nací en Alemania y aún recuerdo los ejercicios de protección civil que simulaban ataques nucleares durante la Guerra Fría. Hoy, el escenario es diferente. Una administración al otro lado del Atlántico impone su voluntad por encima del resto del mundo, mientras que en el este se inician guerras en territorio europeo y se preparan nuevas expansiones más allá de sus propias fronteras. Todo esto para decir que, en mi opinión, la próxima década no será para los que esperan el momento adecuado, sino para los que aceptan decidir con información imperfecta, construir mientras el escenario es aún inestable y comprender que aprender rápido vale más que acertar a la primera, pero demasiado tarde.
Vivimos un momento en el que todo cambia al mismo tiempo. La tecnología, la economía, las cadenas de valor, la energía, los modelos de trabajo y el equilibrio geopolítico. Ante esto, la reacción más común es posponer las decisiones, ganar tiempo y esperar a que el contexto sea más predecible. Pero esa estabilidad, sencillamente, no llegará. La reindustrialización de Europa, la aceleración de la inteligencia artificial, la transición energética y la reorganización de la economía mundial ya se están produciendo, simultáneamente y a un ritmo que no disminuye para quienes prefieren observar desde la distancia. Este movimiento crea riesgos, sin duda, pero también oportunidades poco frecuentes. Oportunidades que sólo surgen cuando las reglas aún se están escribiendo, y cuando los que avanzan primero aprenden más rápido y, a menudo, ayudan a definir el propio escenario que se materializará.
Portugal, en mi opinión, no lo está haciendo mal. Tenemos talento, estabilidad social e institucional y una generación de empresarios y gestores cada vez más preparada. Lo que sigue faltando es un sistema más simple, previsible y rápido, que no penalice a los que invierten, a los que crecen y a los que intentan ganar escala y productividad. Falta coraje para reformar lo que hay que reformar y sobra apego a zonas de confort e ideologías del pasado que acaban limitando el futuro de las nuevas generaciones. Pero hay una verdad que no depende de reformas ni de políticas públicas. Quedarse quieto no protege a nadie. En un mundo en rápida transformación, el exceso de prudencia no es sinónimo de seguridad. Las organizaciones que mejor se alteran no son las que elaboran los informes más sofisticados, sino las que prueban antes, corrigen más rápido y aprenden continuamente. Cometen más errores, asumen riesgos, no tienen todas las respuestas, pero construyen ventajas que no son replicables por quienes llegan tarde.
No creo que 2026 sea un año fácil. No hay por qué idealizarlo. Pero será, para mí, un año de acción, inversión, transformación interna y decisiones estratégicas inaplazables, porque son las que garantizan el futuro de las personas que trabajan conmigo y para mí. El futuro no sucede solo. No nos llega por casualidad o por inercia. El futuro es el resultado acumulado de las decisiones que tomamos o evitamos cada día. Portugal puede y debe ser más ambicioso. Esperar nunca ha sido una buena estrategia de crecimiento. Actuar, aprender y adaptarse sí lo son. Y eso es exactamente lo que nos pide este momento.








