Investigadores del Instituto Paul Scherrer (PSI) de Suiza descubrieron que «la cantidad de polvo aumentó en aproximadamente medio microgramo por metro cúbico (μg/m³)» durante ese periodo.
«Esto supone un aumento de entre el 10 % y el 25 % en esta contaminación por partículas», afirma el director del proyecto, Kaspar Dällenbach, del Laboratorio de Química Atmosférica del PSI, según se cita en un comunicado del centro de investigación.
«No es un dato insignificante, ya sea al considerar la eficiencia y la rentabilidad de las instalaciones solares a gran escala o los efectos sobre la salud del aumento de la contaminación por partículas».
La concentración media de polvo del desierto en el sur de Europa es de 5,3 microgramos por metro cúbico de aire, más del doble que en Europa Central y del Norte (2,1 μg/m³).
Para determinar con mayor precisión el nivel de esta contaminación en las diferentes regiones del continente, los investigadores del PSI —entre los que se encuentran el autor principal, Petros Vasilakos, Imad El Haddad y Kaspar Dällenbach— también recurrieron a la inteligencia artificial.
Además, para realizar comparaciones a largo plazo, «utilizaron datos de núcleos de hielo extraídos en Colle Gnifetti, en la frontera entre Suiza e Italia».
«Las partículas de polvo atrapadas en el hielo de los glaciares alpinos a lo largo de los últimos siglos revelan que las concentraciones de polvo del desierto en esa zona se han más que duplicado durante la era industrial, es decir, en los últimos 150 años», señala el comunicado.
Los científicos temen que las concentraciones de polvo del desierto sigan aumentando debido a la desecación del Sáhara, lo que socavaría en parte los esfuerzos por frenar la contaminación atmosférica por partículas de origen humano (procedentes del transporte, la industria, etc.), cuyos niveles han ido disminuyendo en Europa gracias a una normativa estricta.
Además, «los cambios en los patrones de circulación atmosférica están provocando vientos cada vez más fuertes» procedentes de esa región hacia el continente europeo.
Según Dällenbach, «el aumento del polvo del desierto se ve facilitado, como mínimo, por las emisiones humanas de gases de efecto invernadero y el calentamiento global asociado», lo que conduce a «condiciones más secas en determinadas regiones y a la expansión de los desiertos».
En cuanto a las consecuencias para la salud de las altas concentraciones, los efectos a largo plazo (como las enfermedades pulmonares, el asma y la bronquitis) «solo podrían demostrarse de forma definitiva mediante estudios exhaustivos y a largo plazo»; sin embargo, «el aumento inmediato de la mortalidad en los días con altos niveles de polvo del desierto en suspensión está bien documentado: un número significativamente mayor de personas fallece por infartos y problemas respiratorios» en esos días.
Petros Vasilakos señala que «el número de tormentas que transportan polvo desde el Sáhara y los desiertos árabes no ha aumentado», pero estas tormentas se han vuelto «más intensas a lo largo del periodo de estudio de diez años y, como resultado, ahora transportan más polvo a Europa que antes».
Y, a diferencia de las partículas nocivas procedentes de los gases de escape de los vehículos y de las emisiones de las chimeneas, estas «no pueden reducirse mediante una intervención directa».
Se están haciendo llamamientos para crear sistemas de alerta ante altas concentraciones de polvo del desierto, similares a los que se utilizan para los niveles de partículas y contaminantes urbanos, como el ozono. Esto permitiría a las personas más vulnerables tomar precauciones y a los proveedores de energía prestar más atención a la acumulación de polvo en los paneles solares —que reduce la generación de electricidad—, de modo que puedan compensar esta pérdida y mantener la estabilidad de la red eléctrica.









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