No creo que Portugal se enfrente a una repetición de la crisis de hace poco más de una década. Pero tampoco creo que los periodos de mayor confianza sean precisamente aquellos en los que debamos actuar con mayor prudencia.
El endeudamiento de las empresas de la construcción y del sector inmobiliario volvió a superar los 58 000 millones de euros, acercándose, en valor absoluto, a los niveles de 2013. La comparación puede resultar alarmante, pero sería un error ignorar las enormes diferencias entre ambos momentos. En aquel momento, esta deuda representaba casi el 35 % del PIB portugués. Hoy en día representa alrededor del 19 %. Las empresas están mejor capitalizadas, el sector se ha profesionalizado y la autonomía financiera ha mejorado significativamente. Por eso es importante dejarlo claro: no estamos de nuevo en 2013.
El aumento del crédito también tiene una explicación lógica. Portugal necesita construir más viviendas y la construcción requiere capital. La compra de terrenos, el desarrollo de proyectos, la rehabilitación de edificios y la creación de nuevas infraestructuras dependen de la financiación. Por lo tanto, no debemos considerar la deuda en su conjunto como un problema. Existe una enorme diferencia entre financiar la inversión productiva y sostener proyectos que dependen en exceso de unos precios en constante aumento.
Aquí es donde entra en juego la prudencia. El sector inmobiliario sigue estando expuesto a los tipos de interés, los costes de construcción, la evolución económica, la fiscalidad y las decisiones políticas. Un proyecto aparentemente sólido puede tardar varios años en completarse, tiempo durante el cual las condiciones pueden cambiar profundamente.
La misma reflexión se aplica al crédito hipotecario. Entiendo a quienes defienden una mayor facilidad de financiación para ayudar a las familias a comprar una vivienda. Pero facilitar el crédito no significa crear viviendas. Si aumentamos la capacidad de compra sin aumentar la oferta, simplemente podemos destinar más dinero a competir por los mismos inmuebles y contribuir a una nueva subida de los precios.
Una familia que destina casi la mitad de sus ingresos mensuales al pago de la hipoteca también es más vulnerable a una subida de los tipos de interés, a una pérdida de ingresos o a un gasto inesperado. Proteger el acceso a la vivienda es esencial, pero también lo es proteger a las familias del sobreendeudamiento.
Mi visión del mercado portugués sigue siendo positiva. Necesitamos inversión, crédito, capital nacional y extranjero, y empresas capaces de construir las viviendas que faltan. Pero también necesitamos una financiación responsable, promotores sólidos y compradores protegidos.
El crecimiento del crédito no debería asustarnos cuando va acompañado de inversión productiva y de un aumento de la oferta. Pero la historia nos enseña que los mayores riesgos suelen comenzar cuando dejamos de creer que existen riesgos.
El sector inmobiliario portugués es hoy más sólido, más profesional y está mejor preparado que hace una década. La mejor manera de mantenerse fuerte es no perder la memoria y, sobre todo, no confundir la confianza con el exceso de confianza.








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