Durante muchos años, la ubicación del país en la costa atlántica se presentaba como una desventaja: estábamos lejos del centro industrial europeo, no teníamos la envergadura de las grandes economías y apenas podríamos competir con los mercados de producción más baratos. Hoy en día, sin embargo, las empresas ya no eligen un país únicamente por el coste de la mano de obra. Valoran cada vez más la estabilidad, la seguridad energética, la calidad de las infraestructuras, la proximidad a los consumidores y la capacidad para hacer frente a crisis logísticas y geopolíticas.

Es precisamente esta transformación la que ayuda a comprender el estudio de Savills sobre la nueva geografía de la producción. La globalización no está llegando a su fin, sino que está cambiando de forma. Tras la pandemia, las interrupciones en las cadenas de suministro y el aumento de las tensiones internacionales, muchas empresas han comenzado a reducir su dependencia de centros de producción que se encuentran demasiado lejos. En lugar de concentrar toda la producción en los mercados más baratos, buscan distribuir sus operaciones en países cercanos, seguros e integrados en sus principales áreas económicas. Es en este movimiento de «nearshoring» donde Portugal presenta argumentos cada vez más relevantes.

El país aúna estabilidad política e institucional, acceso al mercado europeo, una conexión privilegiada con el Atlántico, puertos con potencial estratégico, una capacidad de producción de energías renovables en crecimiento y nuevas infraestructuras digitales. Sines es quizás el ejemplo más evidente de esta combinación. El puerto, los proyectos energéticos, los centros de datos y los cables submarinos que conectan a Portugal con otros continentes demuestran que nuestra posición geográfica ya no puede entenderse como una cuestión de distancia, sino que empieza a representar conectividad. Portugal no solo se encuentra en los confines de Europa, sino también en el punto de encuentro entre Europa, África y América.

Este cambio es especialmente positivo porque permite al país competir por factores que van más allá de los bajos salarios. Durante décadas, gran parte de nuestra estrategia para atraer inversiones se ha basado en los costes. Pero siempre habrá mercados capaces de producir más barato. La verdadera ventaja portuguesa debe residir en la confianza: la capacidad de garantizar energía, talento, seguridad, acceso logístico y estabilidad en un mundo cada vez más impredecible. Esto puede atraer a la industria tecnológica, a una producción de mayor valor añadido, a una logística avanzada y a actividades vinculadas a las transiciones energética y digital.

El estudio de Savills sugiere, por tanto, que Portugal ya reúne las condiciones para beneficiarse de la nueva organización de las cadenas de producción. Pero una buena posición en un índice internacional no garantiza resultados. Para convertir esta oportunidad en crecimiento, empleo cualificado y mejores salarios, el país tendrá que agilizar la concesión de licencias, reforzar las redes energéticas, mejorar las conexiones ferroviarias y portuarias, formar a profesionales y reducir los retrasos administrativos.

Puede que Portugal se encuentre por fin en el lugar adecuado dentro de la nueva economía. El riesgo es seguir respondiendo con el ritmo de siempre a unas oportunidades que ahora se deciden con gran rapidez. Esta vez, es posible que nuestro tamaño no sea el principal obstáculo. La verdadera prueba será la capacidad de actuar.