"Todo empezó con el corcho", explica a Central Magazine Carlos Franco, fundador de Dulicy, "ese material ancestral que recorre nuestros paisajes, a través de los alcornoques que han permanecido en pie durante siglos. Queríamos celebrar esa herencia dándole visibilidad y sentido de forma sostenible".

"Incorporar el chocolate -un placer universal- era la combinación perfecta para contar esa historia", añadió. "De esta unión nació algo que aúna la cultura portuguesa, el respeto medioambiental y la auténtica artesanía. Algo que late con el corazón de Portugal".

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Un fragmento de la identidad portuguesa

Portugal es el primer productor de corcho del mundo, y este material ha sido elogiado por sus prácticas de recolección respetuosas con el medio ambiente y su versatilidad de aplicación, ya que se utiliza en todo tipo de productos, desde bolsos a cohetes.

"El corcho forma parte del ADN cultural de Portugal, es un símbolo vivo de nuestros paisajes y bosques", subraya Carlos. "Su extracción respeta generaciones de conocimientos ancestrales".

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Sus tabletas de chocolate utilizan este material como envase, una idea única construida sobre los principios de tradición y sostenibilidad, con imágenes que recuerdan el patrimonio de Portugal. "Nuestras ilustraciones evocan monumentos, tradiciones y símbolos que viven en la memoria colectiva: los azulejos, el tranvía de Lisboa, el fado, el gallo de Barcelos", explica. "Cada barra se convierte en un fragmento de la identidad portuguesa, plasmado con reverencia por el pasado y amor por el presente".

Dulicy se fundó en Atouguia da Baleia, una localidad cercana a la costa central occidental, en las proximidades de Peniche. "Aquí es donde recibimos el chocolate, cortamos las planchas de corcho, imprimimos, montamos a mano, empaquetamos y enviamos todo", comparte Carlos. "Cada paso se hace con cuidado, individualmente, honrando las tradiciones portuguesas y la artesanía hecha a mano. Es un esfuerzo diario con una ambición: honrar a Portugal".

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"Es un proceso profundamente artesanal, que empieza con chocolate portugués y luego añade nuestras hojas de corcho", explica sobre la producción de las tabletas de chocolate. "Cada paquete está hecho a mano por nosotros, localmente. Cada envase es único. Una vez terminado, lo empaquetamos cuidadosamente y lo enviamos a nuestros socios. Es un trabajo artesanal, hecho por gente que conoce de verdad cada rincón de Portugal".

"Portugal es una historia viva, desde la cultura de los alcornoques hasta el diseño moderno de nuestras artes", continúa Carlos. "La idea surgió del deseo de fusionar estos mundos: la recolección sostenible del corcho, cuidadosamente extraído sin dañar el árbol, con nuestra pasión por la producción local y artesanal."

"El chocolate ya existía", afirmó, "pero ganó alma al envolverse en corcho y tratarse con arte local. La cultura se transformó en algo tangible, ecológico y lleno de significado".

La piel de nuestro país

Corcho es el nombre que recibe la corteza del alcornoque, una especie que domina el paisaje de las regiones del interior y del sur de Portugal, y que está considerada uno de los 35 focos ecológicos del país gracias a su papel en la conservación del suelo, la calidad del agua y la producción de oxígeno. Los alcornoques suponen una gran inversión, ya que tardan 25 años en crecer hasta un estado cosechable, pero una vez listos, estos árboles pueden proporcionar corcho durante más o menos los próximos 150 años.

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Debido a su naturaleza de corteza de árbol, el corcho es uno de los recursos más ecológicos que existen, ya que ni siquiera es necesario dañar los árboles para extraer el material, y el proceso en sí no requiere el uso de productos químicos tóxicos ni su vertido como residuos industriales. El acto de cosechar un alcornoque es realmente beneficioso para el medio ambiente, ya que los alcornoques desnudos pueden absorber de 3 a 5 veces más dióxido de carbono que si se dejaran sin cosechar. En total, se calcula que los alcornoques portugueses son responsables de absorber 10 millones de toneladas de CO2 de la atmósfera.

"El corcho es 100% renovable, biodegradable y se cosecha sin dañar el árbol. Sustituye al plástico, alarga el ciclo de vida de los materiales y valora el conocimiento local", resume Carlos los beneficios medioambientales del material elegido. "Cada plancha de corcho que nos llega ya lleva décadas de silencio, sol, lluvia e historia. Lo que hacemos es darle una nueva forma, manteniendo su alma intacta. Es un patrimonio vivo, y es lo que envuelve cada tableta de chocolate: la piel de nuestra tierra".

Un producto auténtico

La empresa no sólo se compromete a respetar el planeta, sino también sus raíces. "El chocolate se fabrica en Portugal", menciona. "Desde las materias primas hasta el transporte, todo el proceso está diseñado para reducir el impacto medioambiental, elevar a las comunidades y preservar el futuro. Es nuestra cultura: una cultura que respeta el planeta".

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"Somos el punto de encuentro entre la naturaleza y la identidad. Lo que nos diferencia no es sólo el sabor, sino la historia que lleva cada pieza", presume Carlos. "Incorporamos arte, cultura y cuidado en cada detalle. El resultado es algo compacto, ligero y fácil de llevar... pero inmenso en significado. Es un reflejo de Portugal, lleno de alma, propósito y raíces. Es raro encontrar tanta verdad en un solo gesto".

Los bombones de Dulicy pueden comprarse directamente en su tienda en línea en https://dulicy.com/, o en una de las muchas tiendas que ofrecen sus productos, como Pérola do Rossio en Lisboa, Mercado do Bolhão en Oporto, o en el supermercado Apolónia en el Algarve.

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"Para los que están lejos de casa, esta creación es un trozo tangible de Portugal, rico en historia, naturaleza y emoción. Es casi imprescindible llevárselo: lleva el orgullo de nuestra cultura ancestral, la belleza del corcho, la pureza de la artesanía y la fuerza de nuestro compromiso medioambiental", concluye. "Es algo completo. Y, al abrirlo, esperamos que sientas el orgullo de pertenecer -o haber conocido- Portugal".