En los últimos meses han surgido señales positivas. La reducción del IVA al 6% en la construcción de viviendas es un claro ejemplo de que existe conciencia política sobre la necesidad de aumentar la oferta y hacer más viables los proyectos en un contexto de altos costes. Pero es importante ser claros: esta medida, por sí sola, no resolverá el problema. Puede ayudar, puede aliviar parte de la presión, pero no ataca el núcleo duro de la cuestión.

Quienes trabajan en el sector saben que el mayor coste no está sólo en los materiales o la mano de obra. Está en el tiempo. El tiempo que se pierde en procesos de concesión de licencias, en dictámenes que se contradicen, en sucesivas revisiones y en una burocracia que, en muchos casos, parece diseñada para ralentizar más que para facilitar. Este tiempo no es neutro. Tiene un alto coste financiero, crea incertidumbre y reduce drásticamente la capacidad de respuesta del mercado.

Y mientras el sistema siga funcionando así, cualquier medida fiscal tendrá siempre un impacto limitado. Podemos reducir los impuestos, pero si tardamos años en aprobar los proyectos, el resultado siempre será el mismo: poca oferta y precios altos.

Pero hay un segundo nivel en esta discusión que es igualmente importante y a menudo ignorado. Portugal ha construido, a lo largo de décadas, una relación muy particular con la vivienda. La casa es más que un bien. Es seguridad, es estabilidad, es el principal activo de muchas familias. En un país en el que el Estado del bienestar nunca ha desempeñado un papel importante en materia de vivienda, la propiedad se ha convertido en el sustituto natural de esta protección.

Este modelo funcionó durante décadas, pero hoy está claramente en tensión. Las nuevas generaciones se enfrentan a un mercado en el que los precios han crecido mucho más rápido que los ingresos, lo que dificulta cada vez más el acceso a la vivienda. Y aquí surge una de las grandes contradicciones: seguimos fomentando la compra, pero no creamos las condiciones para desarrollar un verdadero mercado de alquiler.

En muchos países europeos, el alquiler es una solución estable, profesionalizada y escalonada. En Portugal, sigue siendo fragmentado, imprevisible y a menudo considerado como una alternativa de segunda línea. Sin un marco fiscal y jurídico que dé confianza a los inversores y seguridad a los inquilinos, será difícil crear un mercado equilibrado.

Al mismo tiempo, la forma de construir también tiene que cambiar. La productividad de la construcción en Portugal sigue siendo baja y muy dependiente de los procesos tradicionales. La industrialización de la construcción, la prefabricación y la incorporación de tecnología, incluida la robótica y la inteligencia artificial, no son conceptos futuristas. Son soluciones ya probadas e implementadas en otros mercados, con claras ganancias en eficiencia, reducción de costes y mejora de plazos.

El problema, una vez más, no está en la ausencia de tecnología. Es la dificultad de escalar estas soluciones e integrarlas en un sistema que sigue funcionando de forma fragmentada. Falta conexión entre diseño, ejecución y financiación. Falta una visión integrada que permita transformar el sector de forma estructural.

Y todo esto converge en un punto esencial: el problema de la vivienda en Portugal no es sólo inmobiliario. Es económico y social. Cuando los jóvenes no pueden acceder a una vivienda, cuando las familias son expulsadas de los centros urbanos, cuando el talento no puede instalarse donde hay más productividad, el impacto va mucho más allá del sector.

La vivienda influye directamente en el crecimiento económico, la movilidad y la cohesión social. Y precisamente por eso las respuestas no pueden ser puntuales ni reactivas. Tienen que ser estructurales.

El camino está identificado. Necesitamos procesos más rápidos, un sistema más eficiente, un mercado de alquiler más robusto y una construcción más moderna y productiva. Necesitamos alinear las políticas públicas, los reguladores, los municipios y los inversores en torno a un objetivo común.

Construir más es importante, pero ya no basta.

La verdadera prueba es construir mejor, más rápido y con un sistema que funcione.

Porque al final, el problema no es la falta de soluciones.

Es la falta de ejecución.