El refuerzo del compromiso de CriteriaCaixa con el capital riesgo, con 300 millones de euros destinados a empresas de biotecnología, DeepTech y otras tecnologías avanzadas de la Península Ibérica, debe interpretarse precisamente así, sobre todo porque Portugal está directamente incluido en esta estrategia. La inversión se centrará en ámbitos como la salud, la inteligencia artificial, la ciberseguridad, el software, las infraestructuras de datos y las tecnologías de base científica, prestando especial atención a las empresas en fase inicial, en las que muchas buenas ideas portuguesas tienen más dificultades para crecer.
Portugal ya ha demostrado que es capaz de formar ingenieros, investigadores y emprendedores capaces de desarrollar tecnología competitiva a escala internacional. Cuenta con buenas universidades, centros de investigación reconocidos y un ecosistema de startups que, a pesar del tamaño del país, ya ha dado lugar a empresas tecnológicas con proyección mundial. El problema suele surgir más adelante: crear una empresa es solo el primer paso; transformarla en una organización con presencia internacional, propiedad intelectual, empleo cualificado y capacidad para competir a nivel mundial requiere capital paciente, especializado y escalable.
Esta necesidad es aún más evidente en el universo DeepTech. Mientras que una empresa de software puede empezar con recursos relativamente modestos, ámbitos como la biotecnología, la robótica, los nuevos materiales, los semiconductores, la fotónica o ciertas soluciones de inteligencia artificial requieren años de investigación, equipamiento, laboratorios, certificaciones y sucesivas rondas de financiación antes de llegar al mercado. Por lo tanto, resulta especialmente positivo ver que los inversores institucionales ibéricos empiezan a considerar seriamente estos ámbitos: no se trata solo de financiar startups, sino de construir una cadena económica en la que las universidades, la investigación, los emprendedores, el capital y la industria trabajen juntos.
Portugal se encuentra hoy en una posición interesante. A los argumentos tradicionales del talento y la calidad de vida se suman nuevas infraestructuras, como centros de datos, cables submarinos, capacidad renovable, inversión en inteligencia artificial y un creciente interés por parte de las grandes empresas tecnológicas internacionales. Pero debemos ser autocríticos: no basta con celebrar cada startup portuguesa que atrae inversión internacional. Es necesario preguntarnos cuántas pueden seguir creciendo desde Portugal y mantener aquí la investigación, el empleo cualificado y la capacidad de toma de decisiones. Si financiamos la investigación, formamos talento y creamos tecnología, pero luego el crecimiento se produce casi en su totalidad fuera del país, perdemos una parte importante del valor económico que hemos ayudado a generar.
El verdadero éxito no consistirá solo en tener más startups, sino en contar con más empresas portuguesas capaces de alcanzar un valor de cientos de millones o miles de millones de euros, manteniendo al mismo tiempo una base sólida en Portugal. Los 300 millones anunciados ahora son, por lo tanto, otra señal de un cambio más amplio: la Península Ibérica está empezando a verse no solo como un destino turístico, inmobiliario o de servicios competitivos, sino también como un territorio donde puede surgir tecnología de alto valor añadido. Portugal ya ha demostrado que es capaz de generar buenas ideas; el próximo reto es garantizar que también pueda crear las condiciones para que esas ideas se conviertan en grandes empresas.









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