El tema no es nuevo. En Portugal se lleva décadas debatiendo sobre la productividad y el país sigue estando lejos de las economías europeas más productivas. Lo que ha cambiado es la urgencia. El envejecimiento de la población, las dificultades de las empresas para encontrar determinadas competencias y una economía mundial cada vez más dependiente de la tecnología hacen que resulte cada vez más difícil crecer simplemente añadiendo más trabajadores, más horas de trabajo o más capacidad instalada. El próximo salto tendrá que producirse gracias a la capacidad de generar más valor con los recursos de los que ya disponemos.

Por eso mismo, la productividad no debe confundirse con trabajar más. Algunos de los países europeos con salarios más altos no trabajan necesariamente más horas que Portugal. Son capaces de generar más valor por hora trabajada. Lo consiguen gracias a empresas mejor capitalizadas, trabajadores más cualificados, una mejor gestión, procesos más eficientes, una mayor incorporación de la tecnología y productos y servicios capaces de competir en segmentos con mayor valor añadido. La brecha salarial de la que hablamos tan a menudo es, en gran medida, una consecuencia de esta diferencia en la capacidad de crear valor.

La inteligencia artificial hace que este debate sea aún más relevante. La IA, la automatización, la digitalización y la robótica permiten a una empresa producir más, reducir las tareas repetitivas, aprovechar mejor sus recursos y asignar a los trabajadores funciones en las que puedan generar mayor valor. En el caso de Portugal, donde gran parte del tejido empresarial está compuesto por pequeñas y medianas empresas, la verdadera revolución tecnológica no se producirá cuando unas pocas grandes organizaciones empiecen a utilizar la inteligencia artificial. Se producirá cuando miles de empresas portuguesas incorporen estas herramientas a su actividad diaria.

Pero la tecnología, por sí sola, tampoco resuelve el problema. Una empresa ineficiente no se transforma automáticamente en una empresa productiva por el mero hecho de adquirir un nuevo software. Se necesitan gestión, cualificación, inversión, capacidad de crecimiento y un entorno económico que no consuma demasiado tiempo y recursos en trámites burocráticos. La productividad es precisamente el resultado de esta combinación de personas, capital, conocimientos, tecnología e instituciones capaces de hacer que todo esto funcione.

Portugal está atrayendo inversiones cada vez más sofisticadas, desde centros de datos e infraestructuras digitales hasta la industria avanzada, la energía, la tecnología espacial y la aeronáutica. La oportunidad radica en aprovechar estas inversiones para aumentar también la capacidad de las empresas portuguesas, creando proveedores, competencias, innovación y conocimiento que permanezcan en el país.

Durante demasiado tiempo nos hemos preguntado cuánto podía crecer Portugal. En la próxima década tendremos que añadir otra pregunta: ¿cuánto valor podemos crear con cada trabajador, cada empresa, cada euro invertido y cada nueva tecnología que llega al país?

Porque el verdadero reto no será trabajar más duro, sino hacer que nuestro trabajo valga más.

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