Esta enfermedad es una de las principales causas de pérdida irreversible de visión en personas mayores de 50 años, lo que compromete considerablemente la calidad de vida.
La DMAE provoca el deterioro de la mácula, lo que conduce a la pérdida gradual de la visión central, mientras que la visión periférica suele conservarse. Existen dos formas principales de la enfermedad:
DMAE seca (o atrófica): representa aproximadamente el 85-90% de los casos. Se caracteriza por el adelgazamiento de la mácula y la presencia de drusas (depósitos amarillos bajo la retina). La progresión suele ser lenta.
DMAE húmeda (o exudativa): más rara, pero más grave. Se caracteriza por el crecimiento anormal de vasos sanguíneos bajo la retina, que pueden filtrar líquido o sangre, causando una rápida pérdida de la visión central.
La DMAE es una enfermedad muy prevalente en los países con poblaciones envejecidas. Se calcula que más de 200 millones de personas en todo el mundo viven con algún grado de la enfermedad, y se espera que esta cifra supere los 300 millones en 2040, según datos de la Fundación BrightFocus. La prevalencia aumenta significativamente con la edad, especialmente después de los 65 años.
Entre los factores de riesgo figuran la edad avanzada, los antecedentes familiares de DMAE, el tabaquismo, la hipertensión arterial, la obesidad y la exposición prolongada a la luz solar sin la protección adecuada.
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La DMAE se diagnostica principalmente mediante una evaluación oftalmológica, que incluye las siguientes pruebas
- Examen del fondo de ojo: permite visualizar drusas o cambios en la mácula.
- Tomografía de coherencia óptica (OCT): proporciona imágenes detalladas y de alta resolución de la retina, ayudando a identificar líquido o atrofia.
- Angiografía fluoresceínica: Se utiliza para detectar vasos sanguíneos anormales en la forma húmeda de la enfermedad.
- Prueba de Amsler: Sencillo y útil para identificar distorsiones visuales (metamorfopsia).
En cuanto a los tratamientos, aunque la DMAE seca aún no tiene cura, existen enfoques que pueden ralentizar su progresión. La forma húmeda, en cambio, cuenta con tratamientos eficaces que pueden estabilizar o incluso mejorar la visión en algunos casos.
En el caso de la DMAE seca, se recomienda lo siguiente:
- Suplementos nutricionales:
Estudios como el AREDS (Age-Related Eye Disease Study) han demostrado que una combinación de antioxidantes (vitaminas C y E), zinc, cobre, luteína y zeaxantina puede ralentizar la progresión de la enfermedad en las fases intermedias.
- Modificación del estilo de vida: Dejar de fumar, controlar la tensión arterial y seguir una dieta rica en verduras de hoja verde y pescado son medidas recomendables.
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Para la DMAE húmeda:
- Inyecciones intraoculares de anti-VEGF (factor de crecimiento endotelial vascular):
Se administran directamente en el ojo para bloquear el crecimiento de vasos anormales y reducir el edema. Este tratamiento requiere un seguimiento continuo.
- Terapia fotodinámica (menos frecuente hoy en día): Combina la aplicación de medicamentos fotosensibles con un láser para destruir los vasos anormales.
- Cirugía y láser térmico: Se utilizan raramente, y por lo general sólo en casos específicos.
La DMAE es una enfermedad debilitante, pero la detección precoz y el tratamiento adecuado pueden preservar la visión durante muchos años. Las revisiones oculares periódicas son esenciales, sobre todo a partir de los 50 años. El conocimiento y el control de los factores de riesgo también desempeñan un papel esencial en la prevención de la progresión de la enfermedad.
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