En los últimos meses han surgido varias propuestas, desde el llamado "impuesto robot" al "impuesto token", pasando por impuestos extraordinarios sobre los beneficios generados por las empresas de IA. El debate es legítimo. Cualquier transformación tecnológica crea nuevas realidades económicas, y es natural que los sistemas fiscales traten de adaptarse. El problema no está en la discusión en sí. El problema está en el momento en que se produce.

Al observar lo que está ocurriendo en Portugal y en Europa, no puedo evitar preguntarme si no estamos repitiendo un patrón demasiado europeo. En lugar de centrarnos primero en crear escala, atraer inversiones, desarrollar empresas y construir un liderazgo tecnológico, empezamos discutiendo cómo gravar una industria que aún estamos intentando desarrollar.

La realidad es que Europa sigue estando por detrás de sus principales competidores mundiales. Los mayores modelos de inteligencia artificial son estadounidenses. Los mayores fabricantes de chips son estadounidenses o asiáticos. Las mayores plataformas tecnológicas siguen concentrándose fuera del continente europeo. Al mismo tiempo, asistimos a una carrera mundial para construir centros de datos, infraestructuras digitales y capacidad de computación que definirán gran parte de la competitividad económica de la próxima década.

Portugal, curiosamente, se está posicionando de forma muy interesante en este nuevo contexto. La llegada de la nube soberana de AWS, la instalación de Furiosa AI en Lisboa, el desarrollo de proyectos de grandes centros de datos en Sines y la candidatura ibérica para la gigafactoría europea de Inteligencia Artificial demuestran que existe una oportunidad real para que el país participe en esta transformación. Por primera vez en muchos años, Portugal no sólo está consumiendo tecnología desarrollada por otros. Está creando las condiciones para integrar la cadena de valor de la economía digital.

Precisamente por eso, el debate sobre los nuevos impuestos merece ser analizado con detenimiento.

Si una empresa invierte cientos de millones de euros en centros de datos, ¿debe ser penalizada por tener potencia de cálculo? Si una startup desarrolla soluciones innovadoras basadas en inteligencia artificial, ¿debería enfrentarse a nuevas capas de impuestos antes de alcanzar escala? Y si Europa crea un entorno fiscal más pesado que el de sus competidores mundiales, ¿adónde irán las próximas inversiones?

No se trata de cuestiones ideológicas. Son preguntas estratégicas.

La historia económica nos demuestra que los grandes ciclos de crecimiento rara vez surgen en entornos excesivamente complejos o impredecibles. El capital busca estabilidad, busca escala y busca rentabilidad. Cuando un sector se encuentra aún en una fase temprana de desarrollo, lo que suele acelerar la inversión no son los nuevos impuestos, sino las condiciones de crecimiento.

Esto no significa que la Inteligencia Artificial deba existir en un vacío normativo o fiscal. Al contrario. La tecnología tendrá inevitablemente repercusiones en el mercado laboral, la productividad y la creación de riqueza. En algún momento, sin duda habrá lugar para debatir modelos fiscales adecuados a esta nueva economía. Pero quizá la prioridad de hoy debería ser otra.

Quizá la prioridad debería ser crear campeones europeos.

Tal vez la prioridad debería ser acelerar la innovación.

Quizá la prioridad debería ser garantizar que las empresas, las universidades y los centros de investigación puedan competir a escala mundial.

Cuando observamos lo que está ocurriendo en Portugal, nos damos cuenta de que tenemos una oportunidad única. Tenemos energías renovables competitivas, talento reconocido internacionalmente, una posición geográfica estratégica y un ecosistema tecnológico que por fin está ganando dimensión. El reto no es detener esta dinámica. Es ampliarla.

Porque el verdadero riesgo para Europa no es que la Inteligencia Artificial genere excesiva riqueza. El verdadero riesgo es que esta riqueza se cree en otros continentes mientras seguimos discutiendo cómo gravarla.

La próxima década se definirá por la capacidad de crear, desarrollar y escalar la tecnología. Los países que consigan posicionarse en este ciclo serán los que creen empleo cualificado, atraigan inversiones y aumenten su productividad.

Portugal parece haberse dado cuenta por fin de ello.

La cuestión es si Europa también lo entenderá a tiempo.