Había una falta de empresas tecnológicas, de inversión en investigación y desarrollo, de talento especializado y de capacidad para competir con las economías más avanzadas de Europa. Esta imagen ya no se corresponde del todo con la realidad. Los datos más recientes de la Comisión Europea muestran que Portugal sigue formando parte del grupo de los denominados «innovadores moderados», pero crece por encima de la media de la Unión Europea y se acerca gradualmente a los países más desarrollados. La cuestión es que el verdadero reto ya no es innovar, sino convertir la innovación en empresas de alcance mundial.

El informe pone de manifiesto una realidad curiosa. Portugal ocupa el primer puesto en Europa en cuanto a apoyo público a la investigación y el desarrollo empresarial, destaca en la colaboración entre empresas y universidades y cuenta con un elevado número de empresas que introducen nuevos productos y procesos en el mercado. Al mismo tiempo, los jóvenes portugueses poseen competencias digitales por encima de la media europea, y el país sigue atrayendo inversión extranjera en ámbitos tecnológicos cada vez más sofisticados. Se trata de indicadores que muestran un país muy diferente al que existía hace dos décadas.

En los últimos meses, he escrito sobre empresas portuguesas como TEKEVER, GTechPlasma, Greenvolt o sobre la creciente economía espacial nacional. También he escrito sobre la llegada de nuevos cables submarinos de Google, sobre centros de datos, inteligencia artificial y sobre startups que nacen en las universidades portuguesas y están empezando a conquistar los mercados internacionales. Todos estos ejemplos demuestran que Portugal, sin duda, ya no es solo un consumidor de tecnología. Cada vez produce más tecnología.

Pero el propio estudio europeo también identifica lo que sigue frenando al país. Seguimos teniendo pocas patentes, exportamos menos servicios intensivos en conocimiento de lo que sería deseable, la productividad sigue siendo baja y a muchas empresas les cuesta convertir la investigación en propiedad intelectual y en negocios internacionales.

Quizá sea precisamente ahí donde radica la gran diferencia entre Portugal y los países que lideran la innovación europea. Nuestro problema ya no es generar buenas ideas, sino ser capaces de hacerlas crecer.

Creamos startups de gran calidad, pero pocas logran convertirse en empresas de renombre mundial. Producimos investigación reconocida internacionalmente, pero con demasiada frecuencia vemos cómo esa tecnología se desarrolla industrialmente en otros países. Formamos a excelentes ingenieros, investigadores y programadores, pero seguimos perdiendo parte de ese talento en favor de mercados que ofrecen mayor escala y mejores condiciones para el crecimiento.

Por eso, la innovación ya no depende únicamente de las universidades o los centros de investigación. Depende de la capacidad de crear un verdadero ecosistema en el que el capital, la industria, el talento, la energía, las infraestructuras y las políticas públicas trabajen en la misma dirección.

La buena noticia es que Portugal ya cumple muchas de estas condiciones. Contamos con talento, estabilidad, calidad de vida, energías renovables, universidades competitivas y una posición geográfica cada vez más relevante en la economía digital, reforzada por infraestructuras como los nuevos cables submarinos que conectan directamente a Portugal con Estados Unidos.

El siguiente paso ya no es demostrar que sabemos innovar. Se trata de demostrar que podemos transformar esta innovación en empresas globales, puestos de trabajo cualificados y un crecimiento económico sostenido. Porque quizá el mayor reto de la próxima década no sea generar más innovación, sino garantizar que la innovación generada en Portugal siga creciendo… en Portugal.