Las cifras muestran que aún nos encontramos en una fase muy temprana: frente a los más de 7.200 MW de capacidad fotovoltaica instalada en el país, los proyectos agrivoltaicos operativos identificados representan solo unos 0,37 MW. Una diferencia tan significativa debería llevarnos a preguntarnos no solo por qué hay tan pocos proyectos, sino también si estamos abordando el problema de forma adecuada.

Una de las explicaciones que se dan para la escasa participación de los agricultores es la inversión necesaria. Instalar paneles, realizar las conexiones a la red, construir subestaciones de transformación y garantizar el mantenimiento suponen unos costes que muchas explotaciones agrícolas no pueden permitirse. Es un argumento perfectamente comprensible, pero se basa en una suposición que considero importante cuestionar: ¿por qué tiene que ser el agricultor quien financie, desarrolle y mantenga un proyecto energético?

Trabajo a nivel internacional en el sector de las energías renovables como consultor externo para un gran grupo portugués y europeo, y conozco una realidad que parece no estar presente en este debate. Existe capital privado, tanto nacional como internacional, disponible para financiar infraestructuras renovables, y hay operadores especializados capaces de desarrollar, construir, financiar y mantener estos activos durante décadas. El agricultor no tiene por qué convertirse necesariamente en productor de energía para beneficiarse de esta oportunidad. Puede ceder parte de sus tierras mediante contratos a largo plazo, percibir un alquiler, participar en los ingresos o beneficiarse de la energía producida, sin dejar de centrarse en lo que mejor sabe hacer: la actividad agrícola.

De hecho, los propios expertos que participan en el debate portugués reconocen que los nuevos modelos de negocio pueden incluir al agricultor como propietario, arrendatario o copropietario. Es precisamente esta diversidad de modelos la que deberíamos estudiar más a fondo. En lugar de preguntarnos si un agricultor puede financiar una instalación solar, quizá deberíamos preguntarnos cómo podemos poner en contacto a quienes disponen de tierras y conocimientos agrícolas con quienes cuentan con capital, tecnología y experiencia en el sector energético.

Por supuesto, esto no significa defender indiscriminadamente la instalación de paneles solares en terrenos agrícolas. La agrivoltaica no será adecuada para todos los cultivos ni para todas las regiones. La tecnología debe adaptarse al territorio y a la agricultura, y nunca al revés. Pero los proyectos existentes demuestran que es posible estudiar la coexistencia con viñedos, huertos, cultivos hortícolas y ganadería, con beneficios potenciales que van más allá de la electricidad. En determinadas condiciones, la sombra puede ayudar a la gestión del agua, proteger los cultivos de fenómenos meteorológicos extremos o proporcionar mejores condiciones para los animales. La energía producida también puede contribuir a reducir los costes asociados al riego, la refrigeración, el almacenamiento o la transformación de los productos agrícolas.

Hay además una dimensión que merece mayor atención. El desarrollo del autoconsumo colectivo y de las comunidades energéticas nos permite concebir la producción renovable como parte de una economía energética más local, en la que las explotaciones agrícolas, las empresas y otros consumidores cercanos puedan beneficiarse de la electricidad producida en la región, dentro de las condiciones técnicas y legales aplicables. La agrivoltaica ya no es solo un debate sobre la instalación de paneles en terrenos agrícolas, sino que forma parte de una reflexión más amplia sobre el desarrollo rural, la competitividad energética y las nuevas fuentes de ingresos.

Portugal cuenta con sol, territorio agrícola, empresas de energías renovables con experiencia internacional, inversores interesados en infraestructuras y un sector agrícola que se enfrenta al aumento de los costes, a la escasez de agua y a la necesidad de encontrar nuevas fuentes de ingresos. Quizá el problema no sea la falta de recursos, sino la dificultad para crear modelos que puedan reunir a quienes tienen la tierra, a quienes conocen la agricultura, a quienes disponen del capital y a quienes saben cómo producir energía. En lugar de seguir preguntándonos si debemos elegir entre la agricultura y las energías renovables, deberíamos empezar a comprender dónde y cómo podemos hacer que ambas crezcan juntas.