No me refiero al tiempo que marca el reloj, sino al tiempo que todos perdemos sin darnos cuenta: el tiempo que una empresa espera para obtener una licencia, el que un inversor espera para que se tome una decisión, el que una familia pierde en trámites administrativos o el que un joven profesional espera para construir su proyecto de vida.

Durante décadas nos hemos acostumbrado a medir la competitividad a través de los impuestos, los salarios, las infraestructuras o el coste de la energía. Todos estos factores siguen siendo importantes. Pero hay un recurso que se ha vuelto aún más valioso: el tiempo.

Vivimos en una economía global en la que las oportunidades van y vienen a una velocidad sin precedentes. Las empresas planifican inversiones en inteligencia artificial, centros de datos, energía, industria avanzada o biotecnología en un entorno altamente competitivo, en el que diferentes países compiten por los mismos proyectos. En esta competencia, la diferencia entre ganar o perder una inversión no siempre radica en el coste. Radica en la capacidad de decidir.

Portugal cuenta hoy en día con condiciones extraordinarias para competir en esta nueva economía. Dispone de estabilidad política, seguridad, talento altamente cualificado, una ubicación estratégica entre continentes, infraestructuras digitales en expansión y uno de los mayores desarrollos de energías renovables de Europa. En los últimos años, hemos sido testigos de la llegada de grandes inversiones internacionales en tecnología, centros de datos, inteligencia artificial y energía limpia. Todo esto demuestra que el mundo cree en Portugal.

Pero creer en Portugal no basta: es necesario ser capaz de actuar al ritmo de las oportunidades. Quizá ahí radique el mayor reto de la próxima década.

Cuando la concesión de una licencia lleva años, no solo desperdiciamos tiempo administrativo. Perdemos productividad. Hemos perdido competitividad. Hemos perdido puestos de trabajo. Hemos perdido innovación. Y, en muchas ocasiones, perdemos inversiones que, sencillamente, eligen otro destino.

Lo mismo ocurre cuando una resolución judicial se prolonga durante años o cuando las empresas y los ciudadanos viven en una incertidumbre permanente sobre cuándo concluirá un trámite.

El coste invisible del tiempo es enorme y, curiosamente, casi nunca aparece en las estadísticas. No hay ninguna partida en los Presupuestos Generales del Estado denominada «tiempo perdido», ni un indicador mensual que refleje las oportunidades pospuestas. Pero este coste está presente en prácticamente todas las decisiones económicas.

Cada mes de retraso representa capital fijo.

Cada proyecto paralizado representa riqueza que aún no se ha creado.

Cada decisión pospuesta reduce la confianza de quienes quieren invertir, emprender o, simplemente, labrarse una vida en Portugal.

Quizá por eso una de las ideas más interesantes del estudio que he leído recientemente es precisamente la necesidad de situar el cumplimiento de los plazos y la previsibilidad institucional en el centro de la reforma del Estado. No como una cuestión administrativa, sino como una prioridad económica.

Porque un país competitivo no es solo aquel que ofrece buenos incentivos.

Es aquel que respeta el tiempo de las personas.

Este cambio de perspectiva parece pequeño, pero, en realidad, lo cambia todo: durante mucho tiempo nos hemos preguntado cómo atraer más inversión; quizá deberíamos empezar por preguntarnos cómo hacer que cada inversión avance más rápido. Durante años hemos debatido cómo simplificar los trámites; quizá el verdadero objetivo debería ser más sencillo: devolver el tiempo a los portugueses.

Porque el tiempo significa productividad, confianza, crecimiento, calidad de vida y respeto: respeto por quienes emprenden, por quienes trabajan, por quienes invierten y por quienes esperan que las instituciones funcionen con la misma eficiencia que hoy exigimos a las empresas.

Portugal ya ha demostrado que puede competir con los mejores en talento, innovación, tecnología y calidad de vida. Quizá haya llegado el momento de competir también en lo que será el activo más valioso de la próxima economía: el tiempo.

Porque hay inversiones que esperan.

Pero hay oportunidades que no esperan.