La transformación ya es visible. La inteligencia artificial está aumentando rápidamente la necesidad de capacidad informática; los centros de datos buscan ubicaciones capaces de garantizar grandes volúmenes de electricidad; la industria busca descarbonizar sus procesos; y el sector logístico se prepara para una movilidad cada vez más eléctrica. Al mismo tiempo, las empresas y los inversores valoran los edificios que son más eficientes y están menos expuestos a la volatilidad de los costes energéticos. La propia Colliers identifica la seguridad energética como una de las principales tendencias que transformarán el sector inmobiliario corporativo y considera que los edificios capaces de integrar la producción de energías renovables estarán mejor posicionados para los ocupantes y los inversores.

Esto cambia la propia definición de la ubicación inmobiliaria. Dos polígonos industriales de dimensiones similares, con buen acceso y proximidad a las infraestructuras logísticas, pueden tener valores completamente diferentes si solo uno de ellos dispone de la capacidad eléctrica necesaria para soportar una actividad intensiva. Lo mismo puede ocurrir con los parques logísticos, las naves industriales y los grandes proyectos tecnológicos. En determinados segmentos, saber cuántos megavatios hay disponibles está empezando a ser casi tan relevante como saber cuántos metros cuadrados se pueden construir.

Pero hay una segunda oportunidad que me parece aún más interesante: los propios activos inmobiliarios pueden transformarse en productores y gestores de energía.

Pensemos en un gran parque logístico. Miles de metros cuadrados de tejado representan miles de metros cuadrados potenciales de paneles fotovoltaicos. Añadamos baterías, sistemas inteligentes de gestión energética y recarga de flotas eléctricas. El edificio ya no es solo el lugar donde se almacenan las mercancías. También empieza a producir, almacenar y gestionar energía.

Es lo que me gusta llamar «activos logísticos como centrales eléctricas».

Esta lógica puede extenderse a centros comerciales, parques empresariales, hoteles, complejos turísticos y grandes proyectos residenciales. Un activo capaz de producir una parte significativa de la energía que consume, almacenarla y gestionar de forma inteligente los momentos de uso puede reducir los costes operativos y resultar más atractivo para los ocupantes y los inversores.

Por supuesto, no debemos caer en la tentación de creer que todos los edificios se convertirán en centrales eléctricas. Existen limitaciones en cuanto a la red, la inversión, las licencias y la viabilidad económica. Pero la dirección parece clara: la energía y el sector inmobiliario ya no son sectores independientes.

Para Portugal, esta convergencia es especialmente relevante. Contamos con condiciones favorables para la producción de energías renovables y estamos atrayendo inversión en logística, industria, centros de datos e inteligencia artificial. Si somos capaces de anticiparnos a estas necesidades en la planificación de nuevos proyectos, podremos transformar una ventaja energética en una ventaja inmobiliaria y económica.

Durante muchos años le preguntábamos a un promotor cuántos metros cuadrados podía construir en una parcela.

Quizá haya llegado el momento de añadir otra pregunta:

¿Cuántos megavatios puede producir, almacenar o garantizar en ese mismo lugar?

En el sector inmobiliario, durante la próxima década, la respuesta podría determinar una parte importante del valor del activo.