Durante décadas, se creyó que el futuro de las economías desarrolladas pasaría cada vez menos por la industria y cada vez más por los servicios. Hoy en día, esa visión está cambiando rápidamente. La nueva revolución industrial ya ha comenzado, y Portugal tiene ante sí una oportunidad que quizá nunca haya tenido antes.

En los últimos meses, hemos sido testigos de la llegada de inversiones en centros de datos, inteligencia artificial, energías renovables, hidrógeno verde, infraestructura digital y tecnologías espaciales. A primera vista, parecen sectores diferentes, pero todos forman parte de la misma transformación: una economía cada vez más basada en el conocimiento, la ingeniería y la tecnología. Este cambio también se observa en la industria portuguesa, donde la digitalización de los procesos de producción, la inteligencia artificial, la robótica colaborativa, los gemelos digitales, la impresión 3D y el análisis avanzado de datos están redefiniendo la forma en que las empresas producen y compiten. Y lo más importante: estas tecnologías ya no son solo una ventaja competitiva. En muchos sectores exportadores, se han convertido en un requisito imprescindible para seguir integrados en las cadenas de suministro internacionales y responder a las nuevas exigencias europeas en materia de trazabilidad, sostenibilidad y descarbonización.

La buena noticia es que Portugal no parte de cero. Hoy en día encontramos empresas nacionales que desarrollan software para fábricas inteligentes, soluciones de automatización industrial, plataformas de mantenimiento digital, tecnologías para la movilidad eléctrica y sistemas de producción avanzados. Se trata de empresas que compiten en innovación y especialización, lo que demuestra que la industria portuguesa depende cada vez menos de los costes y cada vez más del conocimiento.

Esta transformación llega en un momento especialmente favorable. Europa busca reducir las dependencias externas, reforzar su autonomía industrial y acercar las cadenas de producción mediante el «nearshoring». Portugal reúne varias características valoradas en este nuevo contexto: estabilidad, talento cualificado, buenas infraestructuras, una sólida producción de energías renovables y una ubicación estratégica entre Europa, África y América. La propia entrevista a Miguel Gil Mata subraya que esta nueva fase representa una oportunidad estratégica para el país, pero también una verdadera prueba de su capacidad de ejecución. Aún quedan retos por superar: la transformación digital no se está produciendo al mismo ritmo en todas las empresas, y muchas pequeñas y medianas empresas se encuentran todavía en una fase temprana de adopción de estas tecnologías. La aceleración de la digitalización, la inversión en competencias y la capacidad de responder rápidamente a las nuevas demandas del mercado serán decisivas para consolidar esta evolución.

Quizá por eso el mayor cambio en la economía portuguesa se está produciendo lejos de los titulares. No solo en las playas, en el turismo o en el sector inmobiliario, sino dentro de las fábricas. Portugal ya no compite por ser la fábrica más barata de Europa. Compite por ser una de las más inteligentes. Y si logra mantener este rumbo, la próxima gran historia de éxito de la economía portuguesa podría nacer precisamente donde pocos siguen mirando: en la capacidad de transformar el conocimiento, la tecnología y la ingeniería en productos de alto valor añadido para el mundo.