En el sector inmobiliario, la conclusión surge rápidamente: si se necesita menos personal, también se necesitarán menos oficinas. Es una interpretación posible, pero probablemente demasiado simplista para una transformación económica de esta magnitud.
Un estudio reciente de JLL muestra una realidad mucho más compleja. Se prevé que la inteligencia artificial sustituya algunas tareas y funciones, pero también aumentará significativamente la productividad de muchas profesiones y creará nuevas actividades y puestos de trabajo. Lo más interesante es que el 60 % de las empresas analizadas siguen esperando aumentar el número de empleados en los próximos tres a cinco años. En otras palabras, puede que la cuestión no sea que tengamos menos oficinas, sino que necesitemos oficinas diferentes.
Este cambio puede suponer una oportunidad para Portugal. Lisboa y Oporto se han labrado, en los últimos años, una posición interesante a la hora de atraer empresas tecnológicas, centros de servicios internacionales, startups y operaciones multinacionales. Contamos con talento cualificado, buenos conocimientos lingüísticos, seguridad, calidad de vida y unos costes que siguen siendo competitivos en comparación con algunas de las principales capitales europeas. Al mismo tiempo, el país está recibiendo importantes inversiones en centros de datos, cables submarinos, energías renovables e infraestructura digital. La economía que hará un uso intensivo de la inteligencia artificial también está empezando a construir parte de su infraestructura en Portugal.
Pero esto tendrá consecuencias en el mercado inmobiliario. Las empresas tecnológicas y los profesionales más cualificados no buscan simplemente metros cuadrados. Buscan edificios eficientes y tecnológicamente preparados, bien comunicados por transporte y situados en zonas donde sea posible trabajar, vivir y encontrar servicios. La calidad del espacio se ha convertido también en una herramienta para atraer y retener el talento.
Por lo tanto, una de las consecuencias de la IA podría ser que se acentúe aún más la diferencia entre los activos de calidad y los que no lo son. Las oficinas modernas, sostenibles y bien situadas podrían seguir beneficiándose de la demanda, mientras que los edificios obsoletos se enfrentarán a mayores dificultades de ocupación y financiación. La ubicación seguirá siendo importante, pero la eficiencia energética, la flexibilidad, la tecnología y la calidad de la experiencia tendrán cada vez más peso en la valoración de un inmueble.
Sin embargo, existe otro reto para Portugal. Durante años hemos podido atraer operaciones internacionales también porque contábamos con mano de obra cualificada a un coste inferior al de otras economías europeas. La inteligencia artificial podrá reducir progresivamente esta ventaja. Si una empresa logra automatizar una parte significativa de las tareas administrativas, el coste salarial ya no será un factor tan decisivo a la hora de elegir la ubicación.
Por lo tanto, Portugal tendrá que ascender en la cadena de valor. En lugar de competir únicamente por centros de servicios y funciones administrativas, tendremos que atraer centros de ingeniería, investigación, inteligencia artificial, desarrollo tecnológico, gestión y toma de decisiones.
Aquí es donde la transformación tecnológica puede convertirse en una oportunidad inmobiliaria. Una mayor inversión tecnológica implica empresas, trabajadores cualificados, oficinas, viviendas, servicios y nuevas centralidades urbanas.
La IA no solo determinará cuántos puestos de trabajo habrá. También ayudará a decidir dónde estarán los puestos de trabajo más valiosos y qué ciudades serán capaces de atraerlos.
Portugal reúne las condiciones para figurar entre estas zonas. Pero, como suele ocurrir, tener potencial es solo el principio. El verdadero reto sigue siendo plasmarlo en la práctica.









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