La tecnología ya está sorprendentemente cerca. Los vehículos modernos pueden combinar el posicionamiento por satélite, los mapas digitales y cámaras capaces de leer las señales de tráfico, mientras que el software puede reducir la potencia del motor o ajustar el control de crucero cuando cambia el límite de velocidad.

Lo que no existe, sin embargo, es una propuesta de la UE para utilizar satélites con el fin de controlar a distancia la velocidad de los conductores.

Los informes que sugieren que Bruselas está preparando un sistema de este tipo van mucho más allá de las medidas actualmente en vigor.

Desde julio de 2024, todos los coches nuevos vendidos en la Unión Europea deben incluir el sistema de asistencia inteligente a la velocidad (ISA). El sistema reconoce el límite de velocidad aplicable y avisa al conductor cuando se supera.

Algunas versiones pueden hacer que el exceso de velocidad se note más aplicando resistencia al acelerador o reduciendo la potencia, pero lo más importante es que el conductor mantiene el control y puede anular el sistema.

La tecnología existe, pero no es perfecta

Dar el siguiente paso y establecer límites de velocidad que sean imposibles de superar supondría un reto mucho mayor.

Uno de los problemas es la precisión. Los límites de velocidad pueden variar en función del carril, la hora del día, las obras en la carretera, las condiciones meteorológicas o el tipo de vehículo. En ocasiones, el GPS puede situar un coche en una carretera adyacente, mientras que las cámaras pueden pasar por alto una señal o interpretar erróneamente una destinada a una salida.

Una investigación realizada por la organización británica de ensayos de automoción Thatcham Research reveló diferencias notables en la precisión con la que los actuales sistemas ISA reconocen los límites de velocidad en condiciones reales de conducción.

Incluso el vehículo con mejor rendimiento en sus pruebas identificó correctamente alrededor del 90 % de los cambios individuales en los límites de velocidad. Eso puede ser suficiente para advertir al conductor, pero impedir físicamente que un coche acelere basándose en información incorrecta es otra cuestión.

También está la cuestión de la privacidad.

Un sistema capaz de sancionar o notificar automáticamente los excesos de velocidad podría contener información detallada sobre el recorrido de un vehículo y cómo se ha conducido. Esto plantea dudas sobre quién podría acceder a los datos, cómo se verificaría una infracción por exceso de velocidad y cómo los conductores podrían impugnar los errores.

¿Podría llegar a suceder?

Ya hay ejemplos de tecnologías más avanzadas de control de velocidad que se utilizan en condiciones controladas.

Londres ha probado sistemas en autobuses que utilizan límites de velocidad definidos geográficamente, mientras que la ciudad de Nueva York ha introducido la «Asistencia Inteligente de Velocidad» (Intelligent Speed Assistance) activa en los vehículos municipales. En lugar de frenar el vehículo, el sistema impide que siga acelerando una vez alcanzado el límite establecido, aunque sigue existiendo la posibilidad de anularlo en caso de emergencia.

Para los conductores europeos de a pie, cualquier paso de la asistencia a los conductores a la aplicación efectiva de los límites de velocidad requeriría un cambio político y jurídico sustancial.

Por ahora, la tecnología de los nuevos coches europeos está ahí para aconsejar, más que para vigilar, a la persona al volante.

Pero a medida que los coches se vuelven cada vez más conectados y automatizados, la cuestión podría acabar girando menos en torno a si un vehículo puede impedir que su conductor exceda la velocidad y más en torno a si los gobiernos deciden que debe hacerlo.