Contamos con talento cualificado, excelentes competencias lingüísticas, seguridad, calidad de vida y unos costes salariales más bajos que en muchas economías del norte de Europa. Fue una estrategia importante; creó miles de puestos de trabajo y contribuyó a la internacionalización de nuestra economía. Pero la inteligencia artificial nos obliga ahora a preguntarnos si este modelo será suficiente para la próxima década.

Un estudio reciente de JLL sobre el impacto de la IA en el empleo y el sector inmobiliario muestra que no nos enfrentamos a una simple destrucción de puestos de trabajo. Algunas funciones se automatizarán, muchas se transformarán profundamente y otras se crearán. Sectores como el tecnológico y el de los servicios financieros pueden seguir creciendo, pero con equipos más productivos y mayor capacidad para generar resultados. Por el contrario, ciertas funciones administrativas y de apoyo se encuentran entre las que pueden estar más expuestas a la automatización.

Esta conclusión debería ser de especial interés para Portugal. Durante demasiado tiempo, parte de nuestra competitividad se ha basado en una idea relativamente cómoda: hemos podido disponer de trabajadores cualificados por salarios más bajos que en Londres, París, Fráncfort o Ámsterdam. Ha funcionado, pero difícilmente puede ser una estrategia permanente. Si la IA permite que diez personas realicen un trabajo que antes requería quince o veinte, el coste individual de cada trabajador pierde importancia. Lo que pasa a ser interesante es cuánto valor puede generar cada profesional.

Y quizá aquí resida una de las mayores oportunidades para la economía portuguesa. En lugar de utilizar la IA para proteger un modelo basado en costes más bajos, podemos emplearla para abordar de una vez por todas uno de nuestros problemas estructurales: la baja productividad. Portugal necesita empresas en las que la tecnología, el mérito, la productividad y la remuneración estén mucho más interrelacionados. Si un trabajador equipado con inteligencia artificial puede producir significativamente más, parte de esa ganancia debería poder traducirse en mejores salarios, mayor competitividad empresarial y un crecimiento más rápido.

Contamos con algunos de los ingredientes necesarios. Portugal está recibiendo inversiones en centros de datos, cables submarinos, energías renovables e infraestructura digital. Sines podría convertirse en uno de los principales centros europeos vinculados a la infraestructura de inteligencia artificial. Lisboa y Oporto siguen atrayendo a empresas tecnológicas y talento internacional. Las empresas portuguesas son capaces de crear tecnología y competir a nivel internacional. La cuestión es cuánto valor seremos capaces de generar a partir de esta infraestructura.

Porque instalar servidores no es suficiente.

Necesitamos investigación, ingeniería, software, propiedad intelectual, startups, empresas tecnológicas, centros de toma de decisiones y capital capaz de transformar el conocimiento en negocio global. También necesitamos universidades más cercanas a las empresas y un mercado laboral lo suficientemente flexible como para permitir que el talento, la productividad y la remuneración evolucionen al unísono.

Esta transformación también tendrá consecuencias en el sector inmobiliario. Si Portugal sigue captando esencialmente operaciones administrativas de bajo coste, parte de la demanda tradicional de oficinas podría verse amenazada por la automatización. Si, por el contrario, logramos atraer actividades de mayor valor añadido, surgirá una demanda diferente: mejores oficinas, laboratorios, centros tecnológicos, centros de datos, viviendas para profesionales cualificados y nuevos núcleos urbanos.

Por eso, el debate sobre la inteligencia artificial va mucho más allá de la tecnología.

Es un debate sobre el modelo económico que queremos construir.

Portugal puede seguir siendo un lugar excelente para que las multinacionales realicen determinadas funciones a costes competitivos. No debemos menospreciar esta ventaja. Pero debemos aspirar a mucho más.

La próxima década no la ganarán los países que simplemente tengan acceso a la inteligencia artificial. Prácticamente todo el mundo la tendrá.

La ganarán aquellos que sean capaces de utilizarla para generar más valor, crear mejores empresas y pagar mejores salarios.

Portugal tiene ahora que decidir si solo quiere trabajar para la economía de la IA o si quiere ayudar a construirla.