Hablamos de la carrera tecnológica entre Estados Unidos, China y Europa como si todo dependiera únicamente de la capacidad de innovar. Pero hay una realidad mucho menos visible y, quizá por eso mismo, mucho más importante. Ninguna de estas tecnologías existiría sin materias primas críticas.
Una investigación publicada recientemente por investigadores de NOVA FCT advierte precisamente de este problema: Europa sigue dependiendo en gran medida de las materias primas importadas para producir muchos de los materiales avanzados que sustentan la economía digital y la transición energética. Y lo que es más importante, los investigadores sostienen que la solución no consiste únicamente en explotar nuevos recursos, sino también en desarrollar materiales alternativos que reduzcan esta dependencia y refuercen la autonomía tecnológica europea. Se trata de una reflexión que merece mucha más atención de la que suele recibir.
En los últimos meses, he escrito en varias ocasiones sobre las importantes inversiones que están llegando a Portugal. Los centros de datos, la inteligencia artificial, el hidrógeno verde, los cables submarinos, la industria avanzada y las tecnologías espaciales forman ahora parte de la nueva narrativa económica del país. Pero hay una pregunta que rara vez nos hacemos.
¿De dónde proceden los materiales que hacen todo esto posible?
Sin tierras raras, litio, grafito, cobalto u otros materiales estratégicos, no hay baterías, aerogeneradores, semiconductores, satélites ni servidores de inteligencia artificial. Y mientras Europa siga dependiendo de cadenas de suministro concentradas en unos pocos países, seguirá siendo vulnerable a las tensiones geopolíticas, las restricciones comerciales o las interrupciones en el suministro.
Quizá por eso la próxima gran carrera económica no se limitará a la inteligencia artificial. También se librará por la capacidad de garantizar el acceso a los materiales que alimentan esta inteligencia.
Portugal puede tener aquí una oportunidad relevante. No solo por sus recursos minerales, sino sobre todo por su capacidad científica, sus universidades, sus centros de investigación y la posibilidad de participar en el desarrollo de nuevos materiales y nuevas soluciones tecnológicas. La innovación ya no se limitará al producto final. También residirá en cómo sustituimos las materias primas críticas, reciclamos materiales y reducimos las dependencias estratégicas. Se trata de un cambio silencioso, pero profundo.
Durante muchos años, la competitividad se medía por el coste de la energía o la mano de obra. Hoy en día también empieza a medirse por la capacidad de garantizar el acceso a recursos estratégicos y de transformar el conocimiento científico en ventaja económica.
Quizá esta sea una de esas noticias que no ocupan las portadas porque no hablan de crisis ni de récords.
Pero podría ser una de las más importantes de los próximos años. Porque la carrera del siglo XXI no la ganarán solo quienes desarrollen la mejor tecnología, sino quienes puedan asegurarse los materiales que la hagan posible.









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