Tras años de experimentos fallidos, largas noches en el laboratorio y repetidos rechazos de financiación, tropiezas con un artículo de un grupo ruso con una técnica prometedora que puede hacer que tu idea funcione. Tras algunos contactos y realizar algunos experimentos en el equipo con tus muestras, ves resultados prometedores. Solos, ninguno de los dos puede avanzar, pero juntos, el trabajo empieza a tener sentido.
Entonces, el 22 de febrero de 2022, en plena preparación para la financiación con tus datos preliminares, Rusia invade Ucrania.
En pocas semanas, se suspenden las colaboraciones institucionales, las agencias de financiación congelan las colaboraciones internacionales, los congresos dejan de aceptar investigadores de determinados países y las sociedades científicas empiezan a revisar sus políticas bajo presión política. En su laboratorio, el ambiente cambia gradualmente. Lo que antes era una discusión puramente científica se convierte en algo más pesado. Algunos colegas argumentan que continuar la colaboración legitimaría indirectamente a un gobierno responsable de violencia y violaciones de los derechos humanos. Otros insisten en que la ciencia debe mantenerse al margen de los conflictos políticos, sobre todo cuando el trabajo podría desembocar en tratamientos que salven vidas.
Tu colaborador envía un correo electrónico preguntando: ¿continuará el proyecto?
¿Qué haría usted? ¿Detener la colaboración, por principios y aceptando que la investigación puede acabar aquí, o continuar, sabiendo que la decisión tendrá inevitablemente un peso moral?
¿Puede la ciencia estar alguna vez totalmente separada de la política?
La ciencia tiene que ser universal, ya que es un sistema en el que los investigadores colaboran más allá de las fronteras, comparten conocimientos y trabajan en problemas que afectan a la humanidad en su conjunto. Las enfermedades no reconocen sistemas políticos, el cambio climático no está confinado por fronteras nacionales y muchos retos científicos requieren la coordinación entre países que, de otro modo, podrían estar en conflicto. En esa visión casi utópica, la ciencia aparece casi como un lenguaje paralelo, que existe por encima de la inestabilidad de la política.
Sin embargo, la historia demuestra una y otra vez que esta separación es frágil. Durante los periodos de conflicto, la colaboración científica se enreda con las sanciones, los juicios éticos, las decisiones diplomáticas y la presión pública, a menudo de formas que no deciden únicamente los científicos. La estructura que permite a la ciencia funcionar a escala internacional es también la estructura que la hace vulnerable cuando ese orden internacional se rompe.
Tras la invasión rusa de Ucrania, numerosas universidades, sociedades científicas y organismos de financiación suspendieron sus colaboraciones con instituciones rusas. Han surgido debates similares en relación con China, Irán y, más recientemente, en el contexto del conflicto entre Israel y Palestina. Estas decisiones rara vez tienen una motivación científica en sentido estricto, sino que son políticas, éticas y simbólicas. Continuar la colaboración puede interpretarse como preservar la apertura científica y mantener el diálogo a pesar del conflicto, pero también puede percibirse como una forma de complicidad o tolerancia indirecta hacia las acciones y la ideología de un gobierno. Por otro lado, suspender la colaboración puede verse como una postura ética y una demostración de responsabilidad política.
Aquí es donde la paradoja se hace evidente. La misma apertura que acelera el descubrimiento científico también permite que el conocimiento circule en un mundo en el que los sistemas políticos no son neutrales. La ciencia ya no es sólo una actividad intelectual aislada de fuerzas externas.
El coste invisible de la guerra en la ciencia
Cuando se habla públicamente de la guerra, la atención suele centrarse en lo más visible: ciudades destruidas, poblaciones desplazadas, colapso económico y sufrimiento humano. Se trata de consecuencias inmediatas, mensurables y moralmente urgentes. Se presta mucha menos atención a lo que ocurre en el interior de universidades, institutos de investigación y laboratorios, a pesar de que estos espacios representan otra forma de vulnerabilidad.
Según la UNESCO, cientos de instituciones científicas y universidades de Ucrania han sufrido daños desde el comienzo de la guerra, con pérdidas estimadas en miles de millones. Miles de investigadores se han visto desplazados, muchos proyectos se han interrumpido indefinidamente y una parte significativa de la comunidad científica se ha reorientado hacia la supervivencia, la respuesta humanitaria o el trabajo relacionado con el ejército. Sin embargo, estas cifras sólo describen la superficie del problema.
La pérdida más profunda es estructural, ya que un laboratorio no es simplemente un espacio físico con equipos, sino una acumulación de tiempo. Puede contener décadas de observaciones medioambientales que dependen de la continuidad, muestras biológicas que no pueden sustituirse, modelos animales especializados que han tardado años en desarrollarse, cohortes de pacientes seguidos durante largos periodos, conjuntos de datos inéditos y conocimientos técnicos que no existen en los papeles, sino en las personas. En determinados campos, sobre todo los relacionados con procesos biológicos o medioambientales a largo plazo, la interrupción puede significar una pérdida científica permanente. El resultado es la desaparición irreversible de líneas enteras de investigación.
También hay casos más allá de Ucrania que reflejan pautas similares. Durante el conflicto de Sudán, uno de los centros de investigación más importantes del mundo dedicado al micetoma, una enfermedad infecciosa crónica y progresivamente destructiva, resultó gravemente dañado, lo que afectó a décadas de trabajo sobre una enfermedad tropical desatendida que afecta principalmente a poblaciones vulnerables con acceso limitado a la atención sanitaria. En estos casos, la pérdida de infraestructuras científicas es también una pérdida de posibles avances médicos para comunidades que ya se enfrentan a desigualdades estructurales. Más que destruir infraestructuras, la guerra interrumpe la continuidad, una de las condiciones de las que más depende la ciencia.
Cuando el conocimiento se convierte en un recurso estratégico
Al mismo tiempo, la ciencia actual está cada vez más vinculada a la competencia geopolítica. Campos como la inteligencia artificial, la biotecnología, la ciberseguridad, la neurociencia y las tecnologías cuánticas conservan una fuerte relevancia civil, pero también atraen el interés estratégico y militar. La investigación que comienza con objetivos médicos o tecnológicos puede adaptarse más tarde a sistemas de vigilancia, capacidades cibernéticas, tecnologías de defensa o sistemas de control de la información.
Este cambio crea una nueva capa de vulnerabilidad. El conocimiento científico ya no sólo es valioso porque hace avanzar la comprensión, sino también porque puede ser estratégicamente útil. Aquí es donde el espionaje científico, el robo de propiedad intelectual, los ciberataques a universidades y la interferencia extranjera en entornos de investigación se convierten en cuestiones relevantes. Las instituciones europeas han expresado repetidamente su preocupación por el creciente ataque a los sistemas académicos, no sólo por los datos, sino también por los conocimientos tecnológicos integrados en los grupos de investigación.
La colaboración científica ya no consiste únicamente en compartir conocimientos para el progreso colectivo. En algunos casos, puede utilizarse como medio estratégico para obtener mejores resultados en las decisiones bélicas o geopolíticas.
¿Qué haría usted?
Llegados a este punto, el dilema vuelve a usted. Si continúa la colaboración, puede que se considere que separa la ciencia de la política en nombre del progreso y el beneficio humano. Si se detiene, puede dar la impresión de que está alineando la ciencia con la responsabilidad ética y política. Si el proyecto se retrasa o se abandona, puede significar que los tratamientos potenciales nunca lleguen a los pacientes que se habrían beneficiado de ellos.
No existe una respuesta totalmente coherente que elimine la tensión entre estas posturas. Lo que dificulta la situación es precisamente que cada opción conlleva una forma diferente de coste moral.
A menudo se imagina que la ciencia existe al margen de la inestabilidad del mundo, pero en realidad depende de condiciones que están profundamente arraigadas en él, como la confianza, la movilidad, la estabilidad de la financiación, la cooperación institucional y el intercambio internacional. La guerra altera el entorno en el que la ciencia se hace posible, cambiando no sólo lo que se hace sino también lo que puede hacerse.
La cuestión difícil, por tanto, no es si la ciencia debería ser independiente de los conflictos sociopolíticos, porque la historia sugiere que nunca lo ha sido realmente. Se trata de cuánto conocimiento, colaboración y futuros descubrimientos están dispuestas a perder las sociedades cuando ese conflicto convierte la cooperación científica en una decisión moral, que no se toma en los libros de texto ni en las conferencias, sino en la práctica científica cotidiana.








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